lunes, 26 de marzo de 2012

LA CIUDAD DE LA REINA AMADA (CUENTO) POR: MARIELA VILLEGAS R. DERECHOS RESERVADOS

Jessica era una niña de diez años que vivía en el reino de “Aquí no pasa nada”, a las afueras de  la tierra de “La vida”. Residía en un orfanato muy pequeño, con otras cincuenta y seis niñas que habían sido abandonadas por sus padres desde muy temprana edad. A ella la llevaron una noche de invierno, dejándola en la puerta al tocar, con una nota que decía: “Es demasiada carga para mí”, y una sola moneda de penique que llevaba todo el tiempo consigo. Por tal motivo, Jessica se sintió como eso justamente, una carga pesada de la humanidad; alguien que carecía de valor como ser mortal por no poseer características físicas especiales y por el hecho de que sus propios padres la vieron como una canasta de piedras  a la que se le mira con desdén y se pasa por alto, sin ninguna intención de llevarla contigo por el recorrido de la existencia. No tenía amigas, porque siempre era la última en todo; en despertarse y entrar a la ducha de agua sumamente fría; en los juegos, porque no pateaba jamás el balón hacia el lado correcto o corría lo suficientemente rápido; y, generalmente, en entregar las tareas y dormir. Todas se mofaban de ella, así que se aislaba por completo y se dedicaba a fantasear con un mundo diferente.
Jessica solía sentarse a observar el castillo desde la ventana de su habitación mientras sus compañeras dormían.  La lluvia golpeteaba con suavidad contra el vidrio sucio y ella pensaba que se parecía mucho a su alma, desparramada y ávida de afecto, con todo y nada a la vez. Por ese motivo, adoraba los días lluviosos. Si los demás no querían al torrencial, habría alguien que le amaría siempre, pensaba. Imaginaba que era la reina del palacio y que  todos sus súbditos le rendían pleitesía y la amaban, por ser una soberana buena, afectuosa y que siempre ayudaba al más necesitado. Se visualizaba alimentando al pobre, construyendo viviendas para los niños de la calle y sanando al enfermo. “No tendrán que pasar por lo que yo he pasado”, decía. “En mí encontrarán la respuesta a lo todo cuestionamiento alguna vez planteado”. A pesar de ser solitaria, cuando las monjas que la cuidaban requerían de apoyo en la cocina, de recoger los frutos del huerto o de limpiar los baños, la pequeña era la primera voluntaria. No sabía en qué fecha había nacido ni su edad real. Tenía diez años, porque comenzaron a contar su vida desde el instante en que llegó al orfanato. Algunas veces, las monjas llevaban a vender las frutas al mercado del reino. Jessica iba con ellas y les echaba la mano. No hablaba mucho, pero sus ideas eran firmes. Hacía notar su punto de vista con claridad. “Las cosas cambiarán un día para la tierra de Aquí no pasa nada”, decía. “De tener un nombre que le niega todo, se convertirá en la Cuidad de la reina amada”. Sus cuidadoras reían y respondían: “Pequeña, estás soñando de nuevo”. “Aquí no pasa nada y será así, porque nadie está dispuesto a hacer algo para cambiar aquello”. Jessica contestaba con una risilla traviesa, pensando que la que modificaría el destino de todo aquel que se cruzara en su camino, porque ella sí estaba dispuesta a aceptar ese reto.
Un día soleado, mientras las demás niñas jugaban, Jessica dibujaba un bosquejo del palacio y las modificaciones que le haría cuando viviera ahí. Era un lugar demasiado pálido y cerrado. No invitaba a entrar. Así que, cuando fuera soberana, el sitio cambiaría por completo, para que cualquiera que le visitara, saliera de ahí satisfecho y con una sonrisa dibujada en el rostro.
De pronto, escuchó que alguien llamaba a la puerta y fue a abrir. Un mendigo de ropas raídas y maltrechas pedía una moneda para alimentarse. Jessica sacó el único penique que tenía y se lo dio al señor, quien la bendijo y se retiró, feliz porque su estómago tendría algo que cargar, al menos por esa mañana. Ella se puso muy contenta al pensar que había hecho una buena obra  y decidió que, a partir de entonces, no se dejaría amedrentar por las mofas de sus compañeras y también las ayudaría si lo requerían. El hacer feliz a todos, la haría feliz a ella.
Dos días más tarde, el señor regresó y tocó a la puerta. Jessica abrió y le preguntó que necesitaba. El hombre dijo que no tenía abrigo para esa noche y moriría congelado si no le daban uno. Preocupada por la salud del señor de no más de cincuenta años, Jessica corrió hasta su habitación y arrancó las únicas sábanas que tenía para dárselas. Una niña que la vio, fue de inmediato a acusarla con la Madre Superiora, argumentando que se había vuelto loca. Llegó hasta la puerta y entregó sus sábanas al hombre con gusto, diciéndole: “Venga usted cada que le falte algo”. “Yo se lo conseguiré como pueda,  incluso si se trata de un caldo”, refiriéndose a que no le importaría quitarse el pan de la boca para dárselo.  El señor la bendijo y se fue sonriente, sabiendo que, al menos por esa noche, tendría un artefacto que le mantuviera calientito y ahuyentara el cruel frío de su piel. Jessica recibió un tremendo regaño, y a partir de esa noche, durmió muy helada, pero feliz.
Una semana más pasó y el hombre regresó al orfanato a tocar la puerta. Jessica, entusiasmada, abrió y al verle, le recibió con un fuerte abrazo y un cálido beso. El hombre dijo: “Gracias, es todo lo que me hacía falta”. “Tienes el alma pura, no como lo que por aquí anda”. La bendijo y se fue sonriente, sabiendo que había alguien que le quería y que, por todo lo que le restara de vida, una niña buena le llevaría en su corazón y en su mente. La madre superiora vio el gesto de Jessica hacia el hombre y la reprendió fuertemente. Le prohibió volver a ver al señor y jamás abrir la puerta para hablar con extraños. Ella se puso sumamente triste y se encerró en su habitación a llorar. Aun así, no se dejó llevar por la tristeza y limpió sus pequeñas lágrimas. Se dijo: “No importan los obstáculos que tenga que brincar”. “Amo a ese desafortunado hombre y nada lo podrá cambiar”.  Continuó ayudando en el orfanato, sin importar las burlas y la falta de respuestas de gratitud que se le demostraban.
Dos semanas más le sucedieron a ese día. El hombre no había retornado y la niña comenzaba a preocuparse. Pensaba que algo le había pasado y que moría de hambre o sed. Sus sueños de ser la reina de “Aquí no pasa nada” fueron puestos en espera. Todo en lo que podía cavilar tenía que ver con el señor a quien había ayudado ya tres veces. Desmoralizada, la niña fue a sentarse bajo la sombra de un árbol frondoso en el jardín. Pasó horas imaginando lo peor y lloró. Luego de un rato, se limpió las lágrimas y se recriminó: “¿Qué estoy haciendo? No tengo por qué llorar”. “Llevo aire en los pulmones, sangre en las venas y tengo todo el derecho a soñar”.
Al poco rato, la puerta sonó. Ella se paró súbitamente y corrió a abrir, pero la Madre superiora, quien había escuchado el llamado, la detuvo y la obligó a esperar mientras ella abría. Un séquito de guardias reales entró anunciando: “Su majestad, el rey de Aquí no pasa nada”. Un hombre de aspecto acicalado y muy bien vestido se asomó, preguntando por la niña que le había ayudado. Los ojos de Jessica casi se salen de sus órbitas. ¡Era el rey! ¡El rey era el hombre maltrecho al que le dio su única moneda! La Madre Superiora respondió que no sabía a quién se refería.
¡A mí! Gritó la chiquilla a lo lejos, con una gran sonrisa en los labios. Al verla, el rey levantó extendió los brazos en señal de invitación a un abrazo. Jessica corrió y le abrazó afectuosamente. El rey, feliz, dijo a la niña: “De ahora en adelante serás mi hija, la princesa de todo este lugar”. “Eres lo mejor que me ha pasado y todo lo que Aquí no pasa nada, podría necesitar”.
Partieron juntos y muy alegres. Los sueños de Jessica se habían cumplido.  A partir de entonces, vivió en el castillo, a lado de su padre, el rey. Resulta que el rey era un hombre muy solo. Esa era la razón por la cual no hacía algo que valiera la pena con su vida, así que decidió adoptar a alguien, pero no podía ser cualquier persona. Tenía que ser alguien extraordinario y maravilloso. Alguien que le diera ideas para mejorar su reinado; alguien que tuviera el alma pura y buena; alguien que no se mantuviera firme a sus ideas y las defendiera, pero sobre todo, alguien con mucho amor en el corazón, que le adorara y supiera querer a su pueblo cuando él no estuviera. Jessica era la persona ideal. El sueño del rey también había sido cumplido.
Vivió muy feliz en el castillo, haciendo todos los cambios en los que había pensado, alimentando al pobre y consolando al afligido. Los súbditos de Aquí no pasa nada, le rendían pleitesía y cada que visitaban el castillo, cuyas puertas permanecieron siempre abiertas y llenas de luz, se iban satisfechos, alegres y con sus necesidades cubiertas.
El día llegó en que el rey, viejo y el hombre más querido de la tierra de La Vida, falleció mientras dormía. Jessica se sintió muy triste, aunque supo que su padre había alcanzado la plenitud y que la energía siempre estaba en movimiento y regeneración. Era momento de formar parte de la eternidad y que ella se convirtiera en reina. El círculo se completó y el pueblo decretó: “Aquí no pasa nada, ha cambiado por completo”. “La Ciudad de la reina amada, será su nuevo nombre, de aquí al final de los tiempos”.