sábado, 10 de noviembre de 2012

"El ángel de las Sombras" Una probadita de mi nueva novela



“El Ángel de las Sombras”
Crónicas de sangre y sombras
Mariela Villegas Rivero
                                      
Prefacio:
Mi nombre es Dominic Lestrath. Hace casi ochenta y siete años que me convirtieron en hijo de la obscuridad. Soy un vampiro. Desde que fui transformado, la eternidad ha sido una inapetente rutina a la que me he acostumbrado. Alimentarme de extraños por las noches, refugiarme de la luz del sol por las mañanas para no mostrar mi verdadera naturaleza a los mortales, y proteger a mi clan de cualquier posible ataque. Nunca he amado. Mi espíritu es tan frío como mi corazón y mi cuerpo. Siendo humano, fui despreciado y maltratado hasta el punto de la agonía a manos de mi propia familia. Como inmortal, lo único que realmente amo es el poder prescindir de sentimientos terrenales y dejarme llevar por mis instintos. No tengo ningún tipo de remordimiento por las víctimas que mis manos han tocado. Carezco de cualidades que me rediman. Soy la muerte en persona y me gusta serlo. Sin embargo, el día menos pensado, las cosas cambiarían para estrellarme en el rostro la humanidad perdida. La sed de sangre se tornaría en mi contra y la pasión se convertiría en mi alimento. Sería el día en que, por fin, mi corazón en penumbra conociera la luz. 

Capítulo 1: “Mi Historia”

Me encontraba sentado en el techo de la pequeña casa azul que mi aquelarre utilizaba como refugio. Observaba las estrellas, meditando sobre la inmensidad del universo. Cada una de esas pequeñas y distantes luces separada de la otra. Sin tocarse. No afectándose con la falta de cercanía. De vez en cuando, una de ellas caería y se perdería en la nada. Otras veces, dos colisionarían volviéndose una sola masa brillante. Me parecía sorprendente la forma en que todas estas millones de bolas de fuego se comparaban con la vida. Yo era una estrella solitaria, de esas que no tocan a ninguna otra. Cada uno de mis compañeros de sombras lo era. A pesar de vivir juntos, no estábamos involucrados a un nivel emocional profundo. Había una conexión, pero no sabía si se trataba de temor o simple deseo de compañía. Jamás sería una estrella en unión total con otra.

Para ser vampiros que nos alimentábamos de sangre humana, nuestro aquelarre constaba de un número relativamente grande. Compuesto por cuatro hijos de la noche, incluyéndome. Donovan era mi líder. Doscientos setenta y seis años de vida vampírica y veintiséis años de edad. Cabello negro y largo hasta los hombros. Rostro amable, excepto cuando atacaba. Un vampiro entregado a las costumbres del viejo mundo, hasta en su manera de vestir. Él me convirtió en el año de mil novecientos veinticuatro, cuando me descubrió muriendo de hambre en las calles de Miami, Florida. Esa era una de las ciudades con clima más cálido y sol más brillante del país. No resultaba muy conveniente para nosotros, puesto que el sol lastimaba nuestra visión, aunque no nos mataría. Podíamos salir durante el día, aunque nuestras pupilas color azul cerúleo se aguijoneaban ante la penetrante luz del astro rey. Estando sedientos o enojados, nuestros ojos cambiaban a un tono gris pálido, casi blanco. Nuestra piel se asemejaba a la porcelana. Sumamente lisa, sedosa, traslúcida y fría como los glaciares.
Bruno era el más “pequeño” del aquelarre. Con solo quince años de vida vampírica y diecisiete de edad. Chico rubio y alto, de quijada pronunciada y firme. Complexión delgada y galante. Ninguna presa se le resistía.
Morgana, la consentida. Una hermosa jovencita de cabello negro, largo hasta la espalda y rizado; ojos grandes, envueltos por tupidas y largas pestañas. Ella tenía veinte y veinte años. Digo que era la consentida porque su delicadeza al moverse y su forma sutil de manejar las situaciones, siempre nos ayudaban a alimentarnos sin ser detectados. Además, su arrebatadora belleza resultaba un deleite. Cuerpo perfecto sin ser voluptuoso y las pupilas más fieras que había conocido. Solía llamarle la “aprendiz del diablo”, ya que vivía pegada a mí las veinticuatro horas. Ella era la única a la que yo convertí. No pude resistir su increíble faz. Solamente tenía un defecto mayor: estaba enamorada de mí de una forma poco ortodoxa, celosa e infantil.
Yo, Dominic, era un inmortal atrapado en el cuerpo de un joven de veintiún años. Alto, de cabello negro, corto y ondulado; facciones marcadas y mentón afilado. Piel marmórea y translúcida, como la de todos los inmortales. Sabía que era un sempiterno atractivo. Morg me lo decía todo el tiempo. Usaba el adjetivo “exquisito” para describirme. Mis víctimas mujeres se rendían ante mí sin ningún problema, casi implorándome que les quitara la vida. “El ángel de las sombras”, me apodaban. Había todo tipo de leyendas sobre mí circulando por los barrios bajos. Agradecía la atención. Debía admitir que me consideraba un vampiro egocéntrico y soberbio. Mala combinación cuando cuesta tanto contener tus más bajos instintos. Como buen inmortal, “apagaba” mis emociones para no tener que sufrir sus efectos; ya había tenido demasiado de ello en mi humanidad.

Recordaba aquella mortalidad perfectamente. La llevaba clavada en la mente por voluntad, para jamás olvidarme de quién era y por qué aborrecía a esa raza de palurdos.
Mis padres me golpeaban incesantemente desde que tuve uso de razón. Varias veces me dejaron inconsciente y repleto de cardenales morados en el sótano de la casucha en que vivíamos, con la sangre brotando por mis poros y el dolor recorriéndome las venas en cada palpitar de mi cansado corazón. Éramos muy pobres. Muchas lunas pasé sin alimento. Estudié, aunque nunca pasé de la primaria; odiaba que me dijeran qué hacer y cuándo hacerlo. Todo lo que ahora sabía lo había aprendido por cuenta propia (y en verdad había aprendido mucho en estos ochenta y siete años).
Al cumplí catorce años el abuelo falleció, y ya que odiaba a mi madre por casarse con un muerto de hambre ebrio como mi padre, no le dejó ni un centavo de herencia. En cambio, me cedió todo. Siendo menor de edad no podía disponer de la fortuna, así que mi padre decidió que era hora de que yo muriera para que él se la quedara. Se preguntarán, ¿por qué lo hizo si era el guardián de la misma y podía disponer de ella mientras yo llegaba a la mayoría de edad? Ese mismo cuestionamiento me hacía, hasta que él me aclaró que simplemente no tenía intenciones de que yo tomara nada de ese dinero y el mantenerme costaba.
La primera vez que intentó asesinarme fue poniéndome veneno para ratas en la comida. No le funcionó. Estuve en el hospital por una semana y no dije nada porque era un chico temeroso y cobarde. La segunda vez, trató de tirarme de las escaleras del antiguo museo, en la plaza principal de Florida. Terminé con tres costillas rotas, la quijada quebrada, y después de una dolorosa terapia, me recuperé. Tenía dieciséis años para ese entonces. Mi madre nunca le recriminó, porque obtendría la paliza de su vida y luego desquitaría su enojo en contra mía. Ambos eran unos malnacidos.
Sentía que no había escapatoria. Creí que moriría irremediablemente a manos de quienes se suponía debían cuidarme.
La tercera vez que el bastardo de mi padre intentó asesinarme, tomó un arma calibre veintiocho que compró especialmente para la ocasión. Cuando escuché el ruido de la puerta abriéndose, sabiendo que llegaba, me escabullí hacia la calle por la ventana de mi habitación. Él me persiguió por varias cuadras con el arma en la mano, completamente borracho. El pánico me ayudó a correr y perderme entre los vagos que habitaban las cercanías. Intenté pedir ayuda a un policía con el que me topé. Sin embargo, fui despreciado y entregado a mi asesino. Mi padre me tomó del hombro, obligándome a regresar a casa. Me explicó cómo inventaría su coartada para que no le culparan de mi muerte. Mirándome con ojos vacíos, dijo que contaría a las autoridades que yo me había robado su arma. Que entre juegos se había disparado, hiriéndome fatalmente en la cabeza. Fue entonces que me encañonó. Era ahora o nunca. Si iba a defenderme tenía que hacerlo ya. Levanté la rodilla, golpeándole la entrepierna y dejándole incapacitado. Salí corriendo por la puerta principal, mientras escuchaba los disparos detrás de mí. Supe que jamás regresaría.
Vagué por las calles por años sin un centavo y comiendo de los basureros. Nadie me tendió la mano. Nadie se fijó en el insignificante muchachito de ojos cafés, sucio y harapiento, que luchaba desesperadamente su vida. Varias veces deseé que aquel desalmado hubiese acabado con mi vida. El hambre y la desazón son las peores torturas que una persona podría vivir, además del terror. Mi único refugio era la biblioteca pública. El guardia de seguridad nocturno era un hombre rudo, pero amable. Aunque nunca me ofreció alimento ni cobijo, me brindó algo mejor. El manjar del alma. Historias en papel que me ayudaban a ahuyentar a  mis tormentos. Leí más de mil libros. Me pedía que no los ensuciara. Yo cumplía. Antes de tocar uno me lavaba las manos en la fuente más cercana y los devolvía impecables. Cada palabra que leía me transportaba a un lugar distinto, donde no había apetencia ni dolor. Todo era hermoso. Mis historias favoritas siempre fueron “El Conde de Montecristo” de Alejandro Dumas, y “El corazón delator” de Edgar Allan Poe. Adoraba los relatos de ficción obscuros y tenebrosos. Me ayudaban infinitamente a enfrentar mis miedos y deshacerme de ellos, lo que me hacía más y más fuerte de carácter, aunque también me provocaban una inmensa rabia contra mis agresores. Quería ser como esos personajes para vengarme de quienes me habían hecho tanto daño. Tener el poder de quitar una vida sin remordimientos hasta lograr un propósito. No obstante, era una criatura débil, físicamente hablando. Estaba tan escuálido que el aire parecía botarme. Una vez cumplidos mis veintiún años, toqué el punto cercano a la muerte. No había nada que pudiera hacer. Contraje ictericia. Al no haber alimento en mi sistema, las encías se me inflamaron. Poco a poco, la piel se me fue desgarrando hasta que los pellejos se me caían en trozos. Mi rostro que solía ser atractivo, se desfiguró por completo. Terminé viviendo en un callejón obscuro. No soportaba el suplicio. Me pudría y mi cuerpo se negaba a morir. Varios meses pasé por este tormento. Un total calvario… hasta que el dulce aliento de la muerte me encontró.
El aroma de mi carne pútrida llamó la atención de Donovan, quien estaba de cacería. Cuando me encontró y le miré a los ojos, pensé que en verdad el diablo había venido por mí. Sus pupilas grises destellaban a la luz de la luna. Él decía que a pesar de mi piel desfigurada y el hedor de mi cuerpo en descomposición, había algo en mis pupilas que se aferraba a la vida. Todavía existía un propósito en aquella mirada. Para aquel entonces, mi hermano vampiro se encontraba solo en el mundo. Nunca pensó en tener compañía. Era algo absurdo para él. No obstante, mi voluntad de vivir tuvo su recompensa. El inmortal encajó sus dientes filosos en mi cuello para drenarme. Creí que me liberaría del padecimiento. No fue así. Se detuvo antes de terminar con mi vida. Se cortó la muñeca y la puso en mis labios para hacerme beber de ella. Su plasma me sabía a miel; era algo sublime. Me colgué de su brazo con frenesí, pero Don me lo quitó de golpe. Segundos después, una corriente de lava hirviendo comenzó a recorrerme la sangre. Donovan observó. Cuando los alaridos comenzaron a salir de mi boca, me levantó y me llevó consigo. No supe qué sucedió después de eso. El ardor y la quemazón turbaron mis sentidos. No supe cuánto tiempo estuve en ese estado, rogándole a Lucifer me llevara porque Dios me había abandonado desde el momento en que nací. Me pareció una eternidad. Claro que entonces desconocía el verdadero significado de ese vocablo. Lentamente, el resquemor fue subiendo, desde las palmas de mis manos y la punta de mis pies hasta acomodarse en mi pecho. Los latidos de mi corazón se hicieron más y más lentos, como el sonido de una percusión que se aleja. Se detuvo. Mi cuerpo humano había muerto. Le tocaba regenerarse para convertirse en algo infinito. Con la misma vehemencia con la que morí, renací. Un estallido tuvo lugar en mi pecho, tórax, estómago y cabeza, poniendo a funcionar todos mis órganos de nuevo. En cuestión de segundos, mi piel caucásica se volvió traslúcida. Mi cabello maltratado se volvió sedoso, formando rizos muy sutiles. Mi estructura ósea se ensanchó y mis músculos, antes flácidos, se tornaron voluptuosos y duros. Percibí claramente la restructuración de mi rostro. De ovalado a cuadrado. Quijada afilada, nariz respingada y labios abultados. Lo que me despertó, finalmente, fue el cambio en la tonalidad de mis ojos. Solían ser cafés. Al sentir la quemazón horrorosa en las pupilas las abrí céleremente, gritando y restregándomelas. Quería arrancarme los ojos. El veneno inmortal consiguió transformarme en una gloriosa criatura.
Días después me enteraría de que lo que pensé que había durado más de una semana, me tomó solamente quince minutos… era ahora, un vampiro.

Capítulo 2: “Venganza”

Cuando desperté de aquel letargo infernal, parecía que el mundo se hubiese detenido. Donovan me explicó todo lo que había sucedido. Me dijo quién era y lo que hizo conmigo. No le creí en un principio, hasta que me mostró mi imagen en el espejo. ¡Era increíble! Jamás había visto algo así en toda la vida. Las llagas de la ictericia se esfumaron. Toqué mi sólido rostro. Me costaba mucho reconocerme. Toda señal de desnutrición había desaparecido, dando paso a un ser fornido y ágil. Mi piel era sumamente fría, pálida y sedosa. Mis ojos parecían diamantes y me hacían lucir más fiero que el mismo inmortal que me había convertido, el cual me describió desde el principio como una criatura celestial. Yo no pensaba lo mismo. Al contemplar mi imagen en aquel cristal reflejante, lo único que veía era el infierno. Vacío, así me sentía, y con una sed que jamás había experimentado.

Toda la experiencia de convertirse en un recién nacido era abrumadora. Mis instintos estaban disparados. Me encontraba a la defensiva a todas horas. Ataqué Donovan varias veces y él resistió. Si hubiese querido acabarlo lo habría hecho. Aunque, por primera vez en toda mi existencia, alguien me había ofrecido una verdadera oportunidad de salvación. No podía destruirle. En cambio, decidí ser un compañero leal.

El tiempo transcurrió con una lentitud asombrosa. Día con día aprendía nuevas cosas. Dormía, generalmente por las mañanas para que el sol no aguijoneara mis pupilas, y por las noches me dedicaba a leer y a estudiar. Mi hermano resultó ser el maestro más eficiente. No recuerdo a ciencia cierta todo lo que viví en mis primeros años vampíricos. Sin embargo, nunca olvidaría el sentimiento de mi primera cacería.

La segunda noche de mi vida eterna, salimos a buscar víctimas para saciar nuestra sed. Encontramos a una bella mujer caminando a solas por un callejón. Donovan me dijo que siguiera mis instintos y que pusiera atención a mis sentidos. Fue impresionante. Todo el mundo desapareció ante mis ojos y solo quedó aquella mujer. Sentía la calidez de su sangre llamándome incesantemente. Escuchaba el latir de su corazón desbocado. Con mucho sigilo, me agazapé para saltar hasta donde se encontraba. No sabía si lo lograría, aunque algo muy profundo en mí gritaba que sí lo haría. Fue entonces que me percaté de que sería un asesino. Quiero decir, realmente pude percatarme de esa persona maldita dentro de mí. Al cazador letal acechando a su presa. Nada más. No importaba absolutamente nada; si ella tenía una familia que la esperaba, si alguien la necesitaba, si tenía planes para un futuro… nada de eso me detendría. Nadie me brindó ayuda cuando la necesité. Ningún ser humano valía la pena ante mis ojos. Eran alimento; la satisfacción de mis instintos. Así que me reduje a un demonio sin alma ni pesares. Me despojé con toda facilidad del muchacho cobarde y larguirucho que había sido, y me lancé sobre la doncella. Caí a sus espaldas, tomándola por el cuello y clavando irremediablemente mis colmillos de acero en su suave y vigorizante piel. El sonido de su corazón al morir fue lo más exquisito que jamás experimenté. Su muerte era también la mía, el fallecimiento del ser humano en mí. Por primera vez en la existencia algo tuvo sentido. Comprendí que, de ahora en adelante, la paz me sería brindada solamente siendo un asesino consumado.

Decidí tomar venganza contra quienes me habían llevado a la muerte. Mis padres.

Una noche muy calurosa de verano, me dirigí hasta un barrio conocido. Mis pies me guiaron sin dificultad. La casa, casi destruida, había sido abandonada. Así que me dediqué a rastrear sus esencias, imperceptibles para un ser humano, aunque inconfundibles para mí. Les localicé en el barrio más rico de Florida, cercano de la playa. La mansión mal habida era espectacular. Parecía un palacio. El dinero que me robaron les había hecho provecho. Me dirigí hasta la reja de acero con detalles dorados. Burlé la seguridad con toda facilidad, drenando a quien se interpusiera en mi camino, y crucé el umbral de la puerta, llegando a la gran mesa del comedor. Ambos cenaban apaciblemente. Les observé, deleitándome con lo dulce que me sabría la venenosa sangre de mi madre, porque la de mi padre jamás la probaría. Saboreé cada segundo, escrudiñando cada movimiento, cada latido, cada maldito pestañeo de sus ojos, regocijándome al saber que serían sus últimos.
Sin aviso alguno, arremetí contra mi madre, quien no se percató de ninguna manera de mi presencia.

-¡Hola, mamá!- Saludé sonriente. Al ver mis ojos gris pálido, gritó, desgarrándose las cuerdas vocales. La acabé en unos segundos, arrancándole la cabeza con un zarpazo. Eso no fue lo mejor. Mi padre corrió hacia su habitación, exclamando que Lucifer había venido por él. Le dije que así era. Que la hora de pagar había llegado. Todo el daño causado, todas las heridas, todo el dolor y la agonía, por fin tendrían su vendetta. Le rompí una pierna contra la pared. Esto le dejó inmóvil. Se arrastraba por la habitación principal de arriba, cuyo suelo de mármol combinaba con mi piel.
-¡No! ¡Te lo ruego! ¡Déjame vivir! –Exclamó.
-¡¿Así como tú me dejaste vivir, padre?! –Gruñí-. ¡Así como me permitiste tener una vida plena, hijo de perra!
Grité, perdiendo el control.
-¡Te lo suplico! ¡Te ruego me perdones, Dominic! -Su rostro adquirió un gesto de agonía que me ensalzó hasta el punto del éxtasis. Por fin cobraría los beneficios de aquella deuda y con intereses. Por fin, el pequeño niño cobarde obtendría la revancha…
-No- Respondí sereno, desarraigándole los dos brazos sin esfuerzo alguno. El suplicio se apoderó del hombre canoso y yo reí como nunca lo había hecho. Realmente me sentía poseído por algún ser infernal. Lloraba y agonizaba, aunque nada de eso se comparaba con el dolor que yo había sufrido a sus manos. Sin embargo, algún tipo de piedad me tocó y mirándolo a los ojos son fiereza, espeté:
-Ni siquiera en la otra vida tendrás paz. Estos ojos te perseguirán una eternidad.
Le arranqué la cabeza, tirándola por las escaleras alfombradas, esparciendo su sangre por toda la casa. No la bebí. El solo pensarlo me producía asco. El hombre que más daño me había hecho estaba muerto. Creía firmemente que mi profecía se cumpliría. No habría descanso para su alma del “otro lado”. La infinidad de tiempo sin tregua. Una bruja con la que tenía sexo de vez en cuando, Gianny D’avanzzo, me explicó el impacto de mis palabras. Los vampiros no teníamos poderes enlazados a la tierra como los brujos de L’essence (la magia más potente que existía); sin embargo, el odio con el cual lancé mi maldición al aire, tendría un efecto en la infinitud. El Poder Divino, como llamaban los hechiceros al supuesto Dios que no existía para mí, tomaría en serio esos dos enunciados en sus trazos maniacos de la vida después de la muerte. Me alegraba hasta cierto punto, aunque no creyera en todas las charadas de Gianny, porque se acostaba con un inmortal al que se suponía debería aborrecer. A mí me daba igual todo el conflicto estúpido entre hechiceros y mi raza. Era una pérdida de tiempo. Siempre me dedicaría a odiar a quienes realmente lo merecían… a los desechos humanos. Los clanes de L’essence jamás se habían metido con nosotros en ningún aspecto, así que les dejábamos ser y procurábamos alejarnos de sus caminos para no tener problemas; aunque debía admitir que la idea de beber su sangre para ser más poderoso resultaba bastante atractiva.

Donovan y yo paseamos por todas partes del mundo después de que mis “amorosos” padres partieran de esta tierra. Ya llevábamos muchos años luchando juntos. Si bien no batallábamos con los brujos, sí lo hacíamos con los vampiros y los lycans. Quedaban muy pocas tribus de licántropos rebeldes, pero las que permanecían en los territorios antiguos solían ser en extremo agresivas. Me resultaban criaturas repulsivas; perros gigantescos parados en dos patas y con colmillos tan enormes como los de un oso pardo. Don y yo acabamos con una tribu entera y decidimos continuar con nuestro viaje sin mayores pormenores.
Teníamos muchísimo dinero, acumulado de nuestras víctimas más poderosas y duplicado con los años. Siempre invertíamos en las compañías más prestigiadas. Nuestro “modus vivendi” era muy modesto, hasta ahora. Odiábamos la ostentosidad. Nada era peor que llamar la atención, a excepción de nuestros cuerpos y vestimentas. Eso era imposible de ocultar. Mis hermanos siempre usaban las ropas más finas que podían encontrar, yo era un poco más recatado. Gastaba el dinero en otro tipo de cosas. Como en libros, cursos y estudios. Eso era lo que me brindaba cierta serenidad.
Un ruido interrumpió mis pensamientos. Alguien había aterrizado suavemente a mi lado.
-¿Pensando en la discrepancia entre Newton y la teoría de la relatividad de Einstein?- Preguntó la vocecilla persuasiva con mucha amabilidad.
-Algo así- respondí sonriente para darle la cara a mi compañera de la noche, la más cercana de mis compañeras. Morgana.

Capítulo 3: “Emboscada”

-Llegó la hora de la cena.
-Te sigo –dije diligente, poniéndome de pie y brincando hacia la calle.

Caminábamos entre la gente. Nadie se daba cuenta de que éramos asesinos, malditos hasta un punto desconocido para las personas que transitaban a nuestros costados. Vagábamos por las calles vacías de Miami en penumbra. Esos éramos nosotros, criaturas de la noche eterna. No nos importaba que pudiéramos salir a la luz sin morir, preferíamos el camuflaje que las sombras nos brindaban. Lo único que nos delataría como los monstruos que éramos, serían las carcasas vacías de las víctimas que dejábamos a nuestro paso, aunque intentábamos no causar mucho alboroto. “Ataques de animales”, la prensa siempre suponía, así que no nos consternaba nuestra seguridad.

Visitamos todos los barrios a modo de reconocimiento. No me complacía esperar tanto, pero a Morgana le gustaba cazar en lugares inhóspitos. Entramos a miles de callejas. Asesinamos a dos vagos, los cuales no me hacían feliz ni completo. Sin embargo, llegamos a una universidad, mi sitio favorito de cacería con jóvenes vírgenes esperando perder la vida en nuestros brazos. Eso sí me complacía sobremanera.
Buscamos y buscamos por el campus hasta que encontramos a dos de las más puras mortales que pudieran satisfacer nuestra sed. Morg las señaló y sigilosamente nos acercamos hasta ellas. Cuando me paré frente a sus rostros, casi mueren ante el dolor de mi presencia (me hubiesen ahorrado el trabajo, sonreí).

-¿A dónde pensaban ir, señoritas? –Susurré con voz suave y casual.
La rubia y la morena no se inmutaron. Quedaron prendadas en un segundo.
-Ah. Íbamos al pub más cercano. Se llama “Giorgios”.  ¿Irás? –Rieron las dos mientras continuaban su camino. Pensaron haberse sacado la lotería. ¡Vaya estupidez!
-Si ustedes me lo piden, iré. Solo traigo a mi hermanita conmigo. Espero no les incomode –Morg cayó del árbol con tal gracilidad que las chicas le miraron asombradas.
-No. No hay problema. ¿Cómo te llamas?
-Dominic Lestrath, y ella es Morgana. ¿Y ustedes?
-Somos Amber y Stephany –jamás recordaría sus nombres. Para mí solo eran alimento.
-De acuerdo, hermosas –besé sus manos y parecieron derretirse. ¡Patéticas criaturas!-. Mi hermana y yo estaremos deleitados en acompañarles –la vampira fijó su mirada complacida en mí y sonrió, mostrando su brillante dentadura de colmillos blancos, pasando su lengua por la boca.

Comenzamos a caminar hacia el supuesto pub. Llegamos y la gente aguardaba como comida en una alacena, esperando pacientemente a ser devorada. Odiaba el aroma del alimento humano, aunque tomaría unas cervezas para mitigar mi sed en lo que las imbéciles mortales terminaban su “danza social” antes de la inminente muerte.

Las humanas parecían divertirse. Morg y yo seguíamos el juego para ganarnos su confianza. Lo más regocijante de cazar en estas circunstancias era la preparación, el cortejo. La sangre alcoholizada se mantenía caliente, por lo que sabía mucho mejor. Los efectos de tal narcótico no se reflejaban a ciencia cierta en nosotros. Sin embargo, creaban una euforia que solo se comparaba con la delicia de la caza misma.
Bebimos y bebimos toda la noche. Con cada gota de whisky se iba avivando mi furor por el plasma de aquellas mujeres. Las veía danzar, flirtearme sin importar la presencia de Morgana, quien supuestamente era mi hermana. Ambas chicas me besaban, tocaban mi entrepierna y no cesaban de coquetear con el diablo. Yo les correspondía de la misma manera. Si morirían, morirían en completo éxtasis antes de la agonía.
Usualmente no me acostaba con mis víctimas antes de terminar sus días en este mundo. No obstante, este día sería diferente. Hacía algunos días que no tenía sexo y esa era una de las mayores urgencias de mi raza, había de descubrir.
De vez en cuando Morgana me servía de consuelo, aunque como no deseaba que sintiera algo más por mí, le restregaba en el rostro mis vejaciones hacia los cuerpos de las mujeres humanas. Necesitaba que viera que estaba más dispuesto a morder unos senos mortales antes de “infatuarme” de una de los míos y terminar más jodido. Así de importante era mi declaración en contra del sentimiento inválido del amor. Tocaría, penetraría e insultaría mi superioridad de inmortal con el cuerpo de una mortal que me satisficiera antes que “sentir” algo por una de mis semejantes.

Jugamos un rato más, poniendo a Morg más y más furiosa de encelo. Sabía que no solo bebería la sangre de una de aquellas chicas (porque a la otra la disfrutaría yo), la desgastaría agónicamente hasta que le pidiera morir por piedad.
Lo que más me disgustaba de los humanos era su desidia. Veían al mundo pasar ante sus pupilas sin vivir en realidad. Eran predecibles, carentes de sentido común. Pensando cada día en cómo pasarla bien sin vitalidad. Sonaría un poco redundante, pero si analizábamos esta magnífica teoría encontraríamos certeza pura. Todos los humanos anhelaban la muerte. La dulce liberación. Jugaban su juego y siempre perdían. Sin embargo, adoraban seguir el juego. Una ruleta rusa interminable. Por eso es que me divertía tanto tener la habilidad de interferir en esas aburridas intenciones. Yo no preguntaría si deseaban terminar con sus días en “zombyland”, simplemente los acabaría por su deseo intrínseco.

Las llevamos de regreso al campus y las cosas subieron de temperatura. Fui al dormitorio de las mortales y le di instrucciones a Morg de esperar en la puerta. No estaba contenta de hacerlo, aunque acató mis órdenes porque sabía que negárseme conllevaría a una discusión nada placentera de la cual saldría perdedora.
La noche pasó entre sudor, calidez y cuerpos desnudos. Tomé a mis dos nuevas “amigas” sin remordimiento. Penetrándoles, marcando mis manos en sus pieles y lastimándolas hasta el punto del éxtasis, porque en el dolor también se puede encontrar placer.
Gritaban, gemían e intentaban zafarse de las cadenas que suponían mis manos. Obviamente no pudieron hacerlo.
Una vez que mostré mis pupilas grisáceas ávidas de su delicioso plasma, no hubo vuelta atrás.
Golpeé fuertemente a una de ellas. La sangre brotó al por mayor cuando la cabeza le rebotó contra la pared. Cuando la otra chica quiso huir troné los dedos y Morgana entró para sacarla de la habitación. Acallamos sus clamores tapándoles la boca, sin intenciones de detener nuestro avance a la meta. Mi compañera la desangró totalmente, no sin antes someterla a un calvario que era de aplaudirse.
Morgana solía susurrarle palabras a los oídos de sus víctimas, palabras de desaliento y desesperanza. Les hacía creer que Lucifer la había enviado a cobrarse cada uno de sus pecados. Era bien sabido que todos tenían una enorme carga de errores, muchos de ellos fatales. Todos los seres en este planeta éramos asesinos, aunque fuese con la lengua; éramos ratas o víboras rastreras; éramos la madre desobligada o el padre pedófilo; éramos basura. La ventaja de los inmortales residía en que nosotros podíamos decidir a quién de esos asesinos, pedófilos o violadores, dejábamos con vida.  
Por mi parte, clavé mis colmillos en la suave carne de mi chica, drenándola sin matarle. Disfrutaría un poco más de su sopor.
Suplicaba que la dejara, aunque no tenía la fuerza necesaria para gritar. Una verdadera lástima, porque me agradaba en demasía el sonido del terror. Una vez logrado mi objetivo de desarmarla, susurré:

-¿Te gusta ahora la danza de la muerte? Soy el ángel de las sombras, tu más amarga liberación –las pupilas de mi víctima se clavaron en mí con estupor-. Di tus oraciones, aunque no creo que haya salvación para una basura como tú.
Acabé con su vida sin más ni más, con ella rogándome perdón, pensando que realmente era un demonio que le cobraba una existencia lasciva.
Reí a carcajadas y tiré su cuerpo en el piso. Para cubrir mis rastros, prendí fuego, sabiendo que muy probablemente más personas morirían en aquél incendio.
Morgana y yo salimos del recinto, felices, aunque yo no estaba satisfecho. Necesitaba una bebida más.

-¿Por qué tienes que ser tan insaciable, Dominic? Nos meterás en problemas con Donovan.
-¿Crees que me importa? Necesito a alguien más. Si tienes alguna objeción puedes regresar a la guarida.
-No me refiero a eso –estaba sumamente celosa por mis tretas con aquellas chicas.
-¡Deja de molestarme! Cubro mis necesidades. Haz lo mismo y déjame en paz. Sabes que aborrezco tus sentimentalismos.
-¡Y yo aborrezco tu total falta de respeto hacia mí! –Exclamó.
-¡No somos par! ¡Jamás he bebido de tu sangre como para hacerle ver a los nuestros que eres mía! ¡No te quiero de esa manera! –Respondí. ¡Qué carajos esperaba! ¡Que me diera a ella en exclusividad! El ritual de sangre solamente se daba cuando deseabas pasar una eternidad con la persona deseada. Ella distaba mucho de ser la elegida. Yo debía beber su sangre y ella la mía para que quedara asentado por la eternidad que nos pertenecíamos. Mis intenciones eran lo más lejanas a eso. No podía concebir tal idiotez.
-¡Antoine lo hizo con una mierda bruja!
-Las brujas significan problemas –espeté.
-¡Y sin embargo tienes relación con una! –Morgana golpeó una roca haciéndola añicos. Hasta cierto punto era verdad. Yo estaba involucrado con una de las más acérrimas enemigas de nuestro mundo. Gianny suponía una inmensa y placentera diversión para mí. Sus poderes servían muy bien a la hora de tener sexo. La levitación era mi favorita. Elevarnos a lo incierto, con mi hombría y brazos prendidos de ella. Nadie en su clan conocía nuestra “relación”, aunque me era imposible llamarle así. Me matarían, sin duda alguna. Sabía que los inmortales estaban detrás de la energía de las brujas. No entendía por qué necesitaban meterse en tantos disturbios. Como dije antes, la noción de ser más poderoso sonaba tentadora. No obstante, atreverse a enfrentarse a la magia de L’essence era jugar con un fuego cuyo furor no tenía límite. No me quemaría de tal forma. Se trataba de la magia universal. De la hechicería que mantenía a este mundo en balance.
La voz se había corrido entre los vampiros: la bruja más poderosa del universo se encontraba entre nosotros y ya había ascendido a la magia. Estaba desatada y se había casado con uno de nuestros semejantes. Me parecía ridículo. Un inmortal asido por la eternidad a una mujer que debería ser su mayor alimento: Madison Alexander, la más temida por los sempiternos. Yo no quería tener nada que ver con eso. Ni Donovan ni el resto del aquelarre deseaba participar en batallas que no nos correspondían. Sin embargo, llegaría la hora en que nos tocara enfrentarnos a todos esos secretos a voces…

En cada lugar del mundo existían tres aquelarres por decisión de la princesa Vilerious, la única monarca a la que debíamos obedecer. Era uno de los amras más importantes a cumplir, un decreto. Ningún inmortal podía formar un aquelarre aparte de los tres que constituían el límite de lo que cada estado tenía permitido. Hacerlo creaba guerras que se acababan de la misma forma en que comenzaban.
Al contrario de lo que se pensaba, los vampiros también teníamos limitaciones al convertir a otros vampiros. Cada clan estaba constituido por un máximo cinco miembros. Si uno moría, otro podía reemplazarle. No obstante, no se permitía tener a ninguno más sin el consentimiento de Devorah, la princesa. Créanme, no era sencillo conseguir su permiso. Nunca le habíamos visto y tal vez jamás le veríamos. Necesitabas una audiencia para que te concediera diez minutos de su tiempo, que era considerado sumamente valioso.
Pocos aquelarres sabían de su existencia para no exponernos al mundo. Sus decretos se hacían pasar por reglas no escritas que los que conocían a Devorah, los llamados “centinelas”, hacían cumplir a costa de nuestras vidas.
Desde el nacimiento de Madison, las cosas habían cambiado drásticamente para nosotros. Muchos de mis semejantes querían enfrentarse a ella para absorber sus poderes y hacerse increíblemente fuertes. Lucharon en contra de la princesa, que la deseaba para ella, y perdieron irremediablemente. Otros se abstenían y trabajaban a favor de ese propósito: capturar a la bruja y entregársela a la princesa Vilerious. Casi nadie se atrevía puesto que Dev era sádica a la hora de cobrarse un fallo. El último en morir por esa causa fue su guardián, William Mircoff. Su historia se había convertido en una lección nada placentera o alentadora para los nuestros. Si la princesa no había perdonado al más fiel de sus guardas, ¿qué nos esperaría a nosotros si intentábamos interponernos en su camino? No deseábamos averiguarlo. Así que no nos atreveríamos a derramar la sangre de ningún otro brujo, al menos aquí en Miami.
El clan de brujos D’avanzzo era el más poderoso de estos lares. No obstante, Gianny no seguía a Madison como los demás lo hacían. Resentía el hecho de que ella no les ayudara tanto como debería hacerlo, según pensaba. No creo que tuviera contacto alguno con ella, tampoco. Me importaba muy poco todo lo que sucedía en los resquicios de sus noches de brujas. Lo único que deseaba era disfrutar del tiempo que se me había dado, que era eterno a comparación del de ellos.

Antoine Petrucci era un vampiro muy despreciado por todos los inmortales. Él era el “enamorado” de Madison y su esposo. El más grande traidor. Yo no le odiaba. No podía odiarle. Me había rescatado de las garras de la muerte y del infierno al que supuestamente estábamos condenados. Sí, había salvado mi vida en una ocasión.
Hacía muchos años, cuando cazaba, me topé con un brujo. Martin Lawrence, del clan Lawrence de Miami. Sin saber quién era iba a asesinarlo. El hechicero me levantó sin muchos aspavientos. Era la primera vez que me enfrentaba a uno. Sacó una estaca e iba a clavármela. Se elevó junto conmigo y me encontré acorralado. Donovan me había advertido que me mantuviese lejos de ellos, no obstante, esta no era un ataque predispuesto. Solamente fue un infortunio que casi termina con mis días. Logré golpearle la cabeza para desconcentrarle y caímos estrepitosamente al piso. Me puse de pie por inercia e intenté huir, aunque Martin utilizó sus habilidades para aturdirme y parar mi corazón con una corriente eléctrica impresionante. Quedé totalmente indefenso y ahí fue cuando Antoine llegó. Cayó de la nada, apartando al brujo de la estaca que iba directo a mi pecho, tomándome entre brazos para salir de ahí. Martin no nos siguió, lo que quería decir que comprendió que todo se trataba de un malentendido. Estaba seguro de que Antoine tampoco se percató de que se había confrontado con la muerte. Unas calles más adelante, me soltó y pude respirar de nuevo.
-Gracias –dije.
-No hay de qué. Hubieras hecho lo mismo por mí. No es usual que un humano descubra lo que somos y ataque, preparado con una estaca. Debe ser un lunático fan de Bram Stoker, aunque no se equivocó con nosotros –rió-. ¿Por qué no te defendiste? –Cuestionó. Era evidente que no conocía nada sobre los brujos. No le sacaría de su error.
-No me he alimentado. Estoy débil, eso es todo –respondí.
-Comprendo. Estoy buscando a un vampiro, tal vez me podrías ayudar con esa tarea.
Me pareció extraño, aunque no cuestioné más al respecto.
-Si puedo auxiliarte, adelante. Después de todo me has salvado la vida.
-Encontré este símbolo y me parece que le pertenece-. Levantó la mano y tenía en ella una cruz con una gota de sangre tribal grabada en ella, atada a un cuerito negro. Conocía perfectamente a quién pertenecía, aunque no se lo revelaría por precaución. Solamente le proporcionaría un detalle-. Es todo lo que sé de ellos, y digamos que me urge encontrarles.
-Es el símbolo de un aquelarre que reside en Nueva Orleáns. Desconozco su apellido. No podría decir algo más.
-Eso es todo lo que necesitaba saber. Ha sido un placer –me tendió la mano. La tomé.
-Recordaré lo que has hecho por mí –completé y le miré partir, llevándome solamente su nombre conmigo, muy grabado en mis memorias. No obstante, no planeaba hacerme su amigo ni nada por el estilo. No apoyaba sus decisiones de aliarse a las brujas. Tampoco comulgaba con la idea de una mezcla total entre razas, aunque le respetaría por el hecho de haberme rescatado. Sus razones tuvo para casarse con Madison. Debía admitirlo, el sexo con una bruja era algo tremendo. Seguramente eso le había hecho perder la cabeza. ¡Estúpido! Pensé.

-Ya deja de discutir mis resoluciones, Morgana. Si tomo a una bruja para ser mi amante es bajo mis términos. Deja de decir que tengo una relación con ella, eso sería una insensatez. Gianny no tiene que ver contigo –rebatí. Morgana parecía escupir fuego por la boca.
-¡Sería mi problema si decido delatarte ante los D’avanzzo! –Gritó.
Me acerqué a ella y le azoté una bofetada que casi le descoyunta la mandíbula.
-No te atrevas a repetir esas palabras –susurré con furia-. Si me atrapan te arrepentirás toda la vida. Te confié esto porque sé que no eres tan estúpida como para delatarme. Johnny D’avanzzo no dudaría en acabarte junto conmigo en el instante en que digas algo sobre mis encuentros con su hermanita.
Morgana se estremeció delante de mí. Sabía que no mentía.
-De acuerdo –dijo sometida-. No diré nada. Lo único que deseo es un poco de respeto, eso es todo.
-Tienes mi respeto –mofé-. Lo que no tienes es mi voluntad. Esa jamás será tuya –me acerqué lentamente a ella y la besé, tomándola entre mis brazos y metiendo la mano por debajo de su blusa. Ella respondió con un gemido y tocó mi entrepierna. La rechacé de inmediato.
-Te dije que no estaba satisfecho, aunque he tenido suficiente de dramas por una noche. Lárgate a casa. Continuaré a solas.
-No, por favor, Dom. Seré buena –sonrió, rozando mi mejilla con sus suaves dedos-. No intervendré más en tu vida.
Reí y la volví a besar para luego empujarla.
-Siempre intervienes en mi vida. ¡Lárgate! –Comandé. Ella se opuso al principio, aunque al ver mis ojos fulgurar como diamantes en la obscuridad por el coraje que sentía hacia su persona en esos momentos, supo que lo correcto era emprender la astuta retirada.
-Te veré en casa –dijo.
-Te compensaré por esto, chiquilla –le guiñé el ojo. Antes de irme, me tomó del brazo y murmuró:
-Nunca comprenderé por qué me convertiste si no me deseabas como pareja –sus ojos se entristecieron. Aborrecía verla así. La tomé de la mano, acercando su cuerpo al mío y le besé la frente, soltando mi aliento en su cabello. Lo sentía pero no podía ser suyo.
-Es mejor que dejes de cuestionarte cosas sin sentido –me volteé en redondo y desaparecí. No toleraba los arranques de Morgana. De no haber sido mi hermana de aquelarre y mi “hija” en conversión, la habría matado hacía muchos años.

Brincaba entre las azoteas de las casonas de Miami hasta que llegué al sitio buscado. La calleja de las prostitutas.
Había una chica ahí que llamaba mi atención de una manera especial; se hacía llamar Felinnah. El sobrenombre me parecía risivo, aunque sus ojos de lince en tonalidades verdes y amarillentas, y quijada afilada, la hacían parecer sin duda una combinación extraña entre un felino y una humana. Su fuerte personalidad me recordaba a la mía. Jamás me sentí atraído a una mortal de ninguna manera, pero esta chica era algo que debía poseer. Su sangre me resultaba excesivamente apetitosa. No era una esencia común. Olía a flores de selva. Su presencia me llamaba de una manera hipnótica que me costaba asimilar del todo.

Me agazapé en la orilla del edificio que escogía para observarla. Siempre levantaba a sus clientes de la misma forma. No les coqueteaba ni se portaba sumisa. Por el contrario, prácticamente les forzaba a llevársela. Muchas veces les insultaba y recibía toda clase de respuestas; golpes, escupitajos y groserías tremendas. Respondía con la misma energía con la que era tratada. No se amedrentaba. Retaba a la muerte de todas las maneras posibles. Yo no paraba de reír, y eso que era sumamente difícil que alguien me causara verdadera gracia.
Esta sería la noche en que acabaría con ella, demostrándole que lo que buscaba le había encontrado desde hacía algunos días.

Llevaba una minifalda roja y unos zapatos altos negros. Su blusa a duras penas podía llamarse eso; eran dos piezas de tela de lentejuelas unidas por dos hilos delante y dos detrás, marcando la sombra de sus voluptuosos y muy naturales senos. Cada vez que notaba el latir de sus venas a través de esos jugosos pechos, mis sentidos enloquecían.
Como cada día, usaba su peluca negra, corta hasta el cuello, lisa y en extremo realista.
No sabía por qué había esperado tanto para asesinarla. Me resultaba embarazoso admitir que esta vez realmente me habían detenido un par de piernas frondosas.

Un tipo la esperaba en su auto. Yo la seguiría a donde sea que fuera. Una chica llamada Chrystal era su compañera de calles. Ella la vería después de su encuentro con aquél mequetrefe. Siempre estaban juntas.

-Serán doscientos dólares. Ya lo sabías, me sorprende que actúes como si fueras primerizo –mofó.
-Es demasiado. No podrías hacer una excepción esta vez. Soy un cliente frecuente –rebatió el tipo.
-¡Jajá! –Rió Felinnah-. Jamás he hecho excepciones y no es mi intención comenzar hoy. O pagas o te pierdes de esto –mostró uno de sus blancos senos, aunque solo lo suficiente para que el hombre la deseara más. Chrystal volteó la mirada.
-¡Oh, no me hagas eso! Sabes que no me resisto a tu hermosa figura y a tus malos tratos –el hombre levantó una mano y la quiso posar en aquél divino pecho. Ella le soltó una bofetada y pateó su auto con sus tacones puntiagudos.
-Si no pagas, no hay festejo –sonrió malévolamente. Me parecía deliciosa.
-¡Estás loca! ¡Es un Porsche convertible del año!
-Podrá ser lo que gustes, pero para mí no significa nada si no es dinero en mi bolsillo o comida en mi estómago.
¡Maldita imbécil! Acabas de perder a uno de tus mejores clientes –el tipo arrancó el auto y partió a una velocidad desenfrenada.
-¿Uno de mis mejores clientes? ¡Ni siquiera se sabías qué hacer con eso que llevas entre las piernas! –Exclamó, carcajeándose y ubicando su mirada en los ojos de su compañera. Se arregló la blusa y soltó un bufido.
-Felinnah –dijo Chrystal-. Si te sigues comportando así jamás encontrarás clientes.
-¿Crees que me importa? Hay miles de idiotas afuera esperando ser abofeteados por una mujer como yo –guiñó el ojo y su compañera meneó la cabeza. Se notaba en extremo joven a comparación de Felinnah, quien no podía tener más de veinte años.
-No tienes remedio.
-Jamás lo tendré –respondió-. Iré a comprar unos cigarros. No aguanto la tensión. Necesito a alguien que me haga soltar toda esta maldita presión. Falta dinero para la renta y ya me harté de comer huevos día y noche. Quiero acostarme con un verdadero hombre, aunque esos escasean demasiado últimamente. Ya no hay esperanza –sonrió amargamente.
Se despidió momentáneamente y partió a conseguir su tabaco. La seguí entre los techos de los edificios. Una vez que llegó a un claro, supe que era ahora o nunca. Salté hacia donde se encontraba, obstruyéndole el camino.

-Hola –solté casualmente.
-¡Quítate de mi… camino! –La mujer quedó atónita ante mi presencia.
-No andaré con rodeos. Eres una callejera y quiero tus servicios –dije.
Me miró dubitativa. Podía sentir lo que mi persona provocaba en su cuerpo. Sus latidos se duplicaron; su pecho se ensanchaba por la respiración agitada y sus rodillas parecían temblar muy delicadamente. Tragó saliva ruidosamente.
-No trabajaré más esta noche. Al menos no con alguien como tú –desdeñó.
-¡Jajajá! “Felina” hasta el final –mofé.
-¿Sabes mi… nombre? –Inquirió.
-No creo que haya un solo hombre en Miami que no sepa tu nombre.
-¡Quítate de mi camino! –Exclamó-. No tengo tiempo para esto.
-Efectivamente –asentí-. No tienes tiempo.
Tomé su mano para posarla en mi miembro, y al sentir mis palmas gélidas, se desconcertó totalmente. Quiso soltarse, aunque no la solté. La obligué a seguir mis movimientos. Se deshizo de mis manos y levantó la palma para azotarla en mi rostro. La tomé sin problemas, deteniéndola a la altura de mi torso.
-Eso no funcionará conmigo, “Fels” –rebatí.
-¡¿Quién demonios eres?! –Gritó, evidentemente asustada, aunque no se amedrentó. Acerqué suavemente mis labios a su oído y susurré:
-Soy el diablo. He venido por ti. Es hora de pagar tu cuota –mis colmillos se desnudaron ante ella, emitiendo un leve destello a la luz de la luna. Felinnah miró con un dejo de asombro para luego dibujar en sus facciones seriedad y algo parecido a la tristeza.
-Era hora –dijo-. Hacía demasiado tiempo que te llamaba y jamás habías respondido. Te ofrecí mi vida alguna vez y la rechazaste. Supuse que querías que padeciera más en este pútrido mundo –trabó la quijada momentáneamente, conteniendo el súbito dolor que le embargó-. Si me ha llegado la hora, agradecida estoy –extendió su palma para que la llevara conmigo.
No podía creerlo. Nadie en los años que llevaba de vida, se había entregado voluntariamente a su verdugo para ser aniquilado. Entrecerré lo ojos y no la toqué más. ¡¿Quién se creía que era?! ¡Nadie me trataba así, con tal falta de respeto! ¡Maldita basura!
La dejé con la mano extendida y le lancé una mirada de desprecio.
-¡¿Te entregas así de fácil a tu muerte?! –Reclamé.
-No tienes idea de cuánto –contestó.
Dudé por varios minutos. No iba a llevármela sin obligarla a luchar. Estaba arruinando mi momento. Se suponía que me daría una batalla épica. Algo por qué esperar y saborear. Esta era una burla increíble.
Mostré mis colmillos con más ira y le dejé ver quién era, adelantándome un paso para que una luz de lámpara me diera directamente y ella comprendiera que no bromeaba. En estos días todo el mundo sabía qué era un vampiro, o al menos cómo luciría uno, así que no le costaría mucho trabajo dar con el resultado.
Al principio se sorprendió y luego, unos instantes después, descubrió su cuello para hacerme ver sus venas repletas de líquido vital desbordándose por sus poros y su sedosa piel. La boca se me llenó de saliva y mis pupilas saltaron entre mis ojos.
-Si en realidad eres un vampiro, arrástrame entre tus labios a la obscuridad. No deseo continuar con esto –murmuró, por primera vez suplicante-. Sumérgeme en el sueño eterno, llévame al infierno al que pertenezco. Solamente lo lamento por mi Chrystal…

Me acerqué céleremente hacia ella, tomándola entre mis brazos para drenarla. No podría describir a ciencia cierta lo que sucedió a continuación.
Al tocarla, mis sentidos parecieron explotar. Percibí su desazón y se hizo parte de mí. Quedé a unos centímetros de su piel, con las cuchillas al descubierto y miles de preguntas revoloteando en la mente. ¡¿Por qué causaba este efecto en mi persona?! ¿Quién era esa mortal y qué conexión tenía conmigo? ¡¿Por qué carajos me sentía tan confundido?!
No pude beber de ella. Me paralicé por completo. Su esencia recorrió los más profundos resquicios de mi alma, identificándose con todo mi padecimiento y profundo dolor que creía perdido. Me pude ver claramente en ella y no moví ni un solo dedo. El sentimiento me shockeó a tal grado que la solté y la aparté.
No podía dejar de mirarla fijamente. Felinnah me regresó la mirada. Temblaba más visiblemente. El color se había escapado de sus mejillas y sus dientes parecían tiritar ante mi presencia.
-¡Vamos! –Exigió-. Si has venido por mí, aquí me tienes. Acaba conmigo ya.
Mis pupilas ya grisáceas se tornaron un tono más líquidas y la furia me nubló el pensamiento.
-¡No será tan sencillo! –Exclamé-. No mereces una muerte a mis manos. Creí que… ¡olvídalo! –Dije, dándome la media vuelta e intentando escapar a todo lo que estaba experimentando. Era algo apabullante. Sentía mi sangre muerta hacer ebullición. La chica me parecía exquisita hasta el punto de la locura y no me atrevía a quitarle la vida. Si se iba, ¿qué me quedaría? No podía concebir esa noción. Necesitaba imperiosamente apartarme de sí. Esto no podía estar sucediendo.
-¡Prometiste matarme! ¡Hazlo, maldito cobarde! ¡Llévame ya! ¡No tolero más esta existencia! Haz lo que desees conmigo, pero hazlo.
Mis ojos estaban desorbitados. Levanté mi mano para golpearla y ella me dio la mejilla. Me detuve y la empujé hasta tirarla al húmedo piso. Respiraba agitadamente.
-¡Qué demonios…! –Ni siquiera podía hablar. Mi corazón palpitaba diez veces más rápido que el de ella. Sentí un pavor que recorrió mi espina dorsal. ¡No era posible que una simple mortal estuviera causando tan tremendo choque en mí!
Me acerqué lentamente y susurré:
-Otro día será. El que menos te esperes –solté un gruñido tremendo y salí corriendo de ahí.
-¡No tardes, te lo ruego! –Imploró. Volteando mi mundo de cabeza.

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