miércoles, 10 de julio de 2013

Una pieza de "Leyendas Prohibidas", mi más reciente novela.


Y con el perdón de mi amor hermoso, les dejo esto chicas...

Los protagonistas de "Leyendas Prohibidas", mi más reciente novela: Marco, Regina Y Nicolás. 

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Vamos a dejar que Regina, la protagonista y narradora, les cuente un poco de sus vidas y las características de su relación con estos Allers (vampiros de la antigua era):


"Toda la noche siguiente nos la pasamos jugando en el agua, y los días posteriores. Me aterraba la idea de meterme a nadar estando todo tan obscuro, pero ellos espantaban a cualquier criatura que se atreviera a acercarse sin permiso. Su estigma también era una poderosa arma. Lo que a mí me tenía pegada a sus personas como abeja al panal, a otros les amedrentaba. Chapoteamos en el mar y reímos como niños. Fue la más maravillosa experiencia. Nunca antes había sido tan feliz y tan completa. Les miraba hacer carreras en el agua en las que yo era la juez, pero la vista no me alcanzaba cuando llegaban a más de cien leguas dentro del mar, cruzando las olas más forzudas que parecían hacerse nada al contacto con sus duros y privilegiados cuerpos.
Cuando les vi sin camisa, saliendo del océano después de la carrera que Nicolás ganó –y en la que Marco no parecía nada complacido-, el agua destellaba en su anatomía bajo los rayos plateados del astro nocturno. Mi corazón casi se detuvo. Todo me pareció fluir en cámara lenta. De tener amigas, sin duda alguna, me estarían envidiando como nunca. Era la única favorecida que podía observar el espectáculo delicioso. Miré el cielo repleto de estrellas y di las gracias a quien les hubiera puesto en mi camino. Y sin embargo, no me bastaba. Me moría por tocarles, por tenerles. Mi lujuria aumentaba con cada sonrisa plasmada en sus carnosos labios.
Hacíamos fogatas y asábamos salchichas y malvaviscos, aunque solamente para mí. Ellos no podían comer nada, pero disfrutaban viéndome hacerlo. Había de todo para alimentarme en la cabaña. No me lo acabaría en mil vidas, aunque ellos insistieron en darme eso y más. Nico cocinaba como todo un chef profesional y amaba hacerlo. Al paso que iba, me engordarían en unas pocas semanas. Solía poner la música de Pearl Jam cuando lo estaba en la cocina y danzaba gustoso ante los tonos estridentes de la voz de Eddie Veder. Su canción favorita era “Jeremy”. Decía que los noventas era la mejor época de su vida. Los setentas y ochentas tenían especial afecto en su corazón, pero, según sus palabras, ningún estilo de música anterior se comparaba. Le cuestioné sobre Chopin, Beethoven y Chaikovski, y ahí si no me refutó nada. Era un alma de antaño bien adecuada a la modernidad. En cuanto a Marco, prefería escuchar la contraparte grunge de la época… Nirvana. Procuraban no atraer recuerdos demasiado anteriores a mí con melodías que desconociera. Yo sabía que lo que adoraban de la música, de los olores y del año que cursaba, era en realidad el que estuviera con ellos. Gracias a su destreza al manejar lo más nuevo en tecnología, el disco compacto, aprendí todo lo que antes me era incomprensible: el amor por las buenas melodías. Absorbía todos sus conocimientos como esponja. Leía junto con ellos y me traían toneladas de nuevos libros a diario, formando una pequeña biblioteca en la estancia que yo acomodaba a la perfección. Adoraba los clásicos. Sin embargo, los dos insistían en que leyera a otros autores y perfeccionara mi arte filosófico. Habiendo vivido tantísimos años en el planeta, su adaptación era muchísimo mejor que la mía, pero día con día avanzaba a pasos agigantados hasta la mujer que siempre quise ser. Ni hablar de mi guardarropa. No cabía ni una sola pieza más de vestidos, blusas, jeans o zapatos en mi estante. Tenía un traje de baño distinto para cada día. No reparaban en comprarme cualquier cosa que se me antojara. Les advertí que me malcriarían muy pronto y sonrieron.
-Nada será suficiente para ti, princesa –decía Nicolás.
Ninguno insistía en besarme en los labios. No obstante, me regalaban besos en la mejilla todo el tiempo y me abrazaban con fervor desairado, clamando que no podían estar tan lejos sintiéndome tan cerca. Yo tampoco podía, así que me dejaba gustosa. Era la mujer más mimada del universo.
Platicábamos hasta antes del alba y los dos posaban sus cabezas en mi hombro. Eran de lo más entretenidos y risueños, como dos chicos a los que la vida no les preocupaba, como lo que siempre debieron ser. Nicolás tenía veintidós años de vida mortal y Marco veinticinco. Fuimos a bailar una discoteca prestigiada del lugar a los tres días de haber llegado. Ante las miradas expectantes de todos, nos movimos con ritmo y compás absolutos. Éramos uno. Sabía que todas las chicas me envidiaban y me placía sentirme tan adorada. Usaba ropas muy ceñidas y, aunque no hablaba con alguien más que no fueran ellos, sabía que tenía más que suficiente. No podríamos repetir esas salidas demasiadas veces, puesto que nos reconocerían de inmediato. No por mí, por ellos.
Una noche, Marco se arrodilló detrás de mí en la playa para ayudarme a hacer un castillo de arena, no sin antes filosofar ante la ironía de construir un castillo que el viento derrumbaría al menos soplido. Él era fuerte, testarudo, autoritario. No reparaba en decir o hacer lo que le placiera, sin importar lo que yo opinara al respecto. Tenía un alma abusiva pero deleitante. Me abrazaba cuando lo deseaba y nunca pedía permiso para acercarse demasiado. En varias ocasiones provocó que me alejara, aunque después terminara por atraerme. En cambio, Nicolás era su opuesto perfecto. Un ente bueno y puro, a pesar de la condena que caía sobre él. Educado y galante. Su intelecto me azoraba, al igual que sus ganas de vivir y ser uno con el mundo. Él se preocupaba por todo y más que eso, y sin embargo, disfrutaba cada instante que pasaba conmigo. Se quedaba mirando al cielo cada noche como si fuera la última. Decía que en el firmamento se encontraba la respuesta a toda pregunta".

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