lunes, 4 de agosto de 2014

"El Ángel de Fuego" Trilogía Espectral Vol. II Estreno Internacional.

Muy buenas noches a todos mis vampiros que visitan esta su casa Lunas Vampíricas. Como nueva noticia en este humilde blog he venido a presentarles la nueva novela de la TRILOGÍA ESPECTRAL: El Ángel de Fuego. Para quienes no conocen estas historias, les contaré un poco de su trama.

Dominic Lestrath es un inmortal sediento de sangre y sin ningún escrúpulo o característica que le redima. Vive en Miami, Florida con su aquelarre y su existencia carece de problemas mayores puesto que no se involucra con nadie a un nivel emocional que pudiera afectarle. Una noche de cacería conoce a una mujer de personalidad explosiva, sarcástica y en apariencia dura. Al pretender asesinarla comprende que de alguna forma están conectados por el tremendo dolor que encierran sus miradas y algo más... algo que va más allá del entendimiento de Dominic y de ella, Felinnah, la prostituta más dominante de las calles de Miami. Los próximos días después de su primer encuentro no son nada placenteros gracias a la testarudez de ambos y al no querer aceptar que ya existía un vínculo que les volvería inseparables. O tal vez no...
Felinnah se acompañaba siempre de una amiga más joven que ella a la que le había tendido la mano, protegiéndola de todo daño, pero no sabía que la chica era más poderosa de lo que se atrevía a develar. Los hechiceros de L'essence, la magia ancestral predominante en el universo, están en búsqueda de una de los suyos perdida en el tiempo y entre quienes son los enemigos más terribles de su mundo: los vampiros, y tanto Felinnah como Dominic se verán atrapados en un conflicto que va más allá de su entendimiento y que está directamente ligado a los dos de formas inesperadas. ¿Podrá su amor ayudarles a unir fuerzas y encaminarse al futuro o perecerá irremediablemente a manos de aquellos que les persiguen? Nunca se sabe qué esperar cuando la eternidad teje sus hilos en la tierra...

Les presento:


"El Ángel de Fuego"
Trilogía Espectral Vol. II




Prefacio:

“La sinceridad a veces cobra algunas lágrimas, pero la falta de ésta destroza corazones”. La frase de Lorena Donaji turbó mi mente mientras mi corazón inmortal se deshacía en mil piezas. Había jurado adorar a mi Felinnah y lo estropeé. Las imágenes de su anatomía se estrellaban en mi alma muerta como relámpagos en una noche de lluvia. Lluvia del Cielo mezclada con fuego que me envolvía hasta desbaratarme en fragmentos que se desplomaban hacia el abismo oscuro de la penumbra eterna. Tanto dolor no era posible, ni siquiera para un ser tan desgraciado como yo. Mi cuerpo ardía con su sangre latiéndome en las venas. Era culpable de su muerte inminente. Pero también lo sería ella… Chrystal. La chica que debió protegerla y la redujo a cenizas que volaban a un lugar incierto. ¡Cómo me hubiera gustado verlo venir! Como me hubiera gustado no ser tan cobarde y apartarla del camino de la devastación. No obstante, ¿quién que haya amado con tal éxtasis podía dejar ir al objeto de su afecto sin antes aferrarse a él con garras y dientes, ya fuese por el mismo amor o por tremendo egoísmo? Cobarde, sí, lo era. Y en estos momentos lo estaba pagando con una soledad tan absoluta que parecía absurda. Las brasas consumían todo a su paso, dejándome únicamente el vacío estúpido de la esperanza incierta. No me quedaba más que purgar mi condena y atenerme a las consecuencias, ya sin ella, sin mi Felinnah. Sin la energía que logró moverme y se convertiría en algo más poderoso e inalcanzable. La pregunta era ¿qué estaría dispuesto a hacer para contener un poco el daño ocasionado? ¿Cuánto estaría dispuesto a arriesgar por salvarla? Solamente el tiempo podría responderme.
 

Capítulo 1: “Historias de Brujas”

(Narrado por Felinnah)


 

Dom me tenía asida a su cuerpo. No dejábamos de contemplarnos. Sus ojos azules líquidos no eran nada parecido a los del asesino que contemplé unas horas antes; eran ojos de un hombre completamente enamorado. No había rastro del vampiro en ellos.

 

─Eres tan hermosa ─repitió suspirando. Pareciera que su frase abarcara más de lo que sus significantes decían.

─Tus pupilas encierran un misterio que no puedo descifrar por completo. Dices que soy hermosa, aunque siento que deseas implicar más que sólo eso ─respondí.

─Así es ─rió─. No lo comprendes porque no deseas ver, realmente ver, a lo que me refiero. Eres una bella mujer, no solamente por fuera. Tu alma destila bondad. Sin embargo, tu coraza externa es tan áspera que no deja ver la piedra preciosa que esconde.

─¿Y esas son las palabras de un inmortal desalmado? ─Inquirí con un dejo de diversión.

─Lo son. Aparentemente contigo no puedo ser más que un hombre. Odio eso de mí. Detesto que tengas ese poder sobre mi persona, y lo amo a la vez. No sé si puedes comprenderlo.

─Lo entiendo a la perfección ─respondí con un soplido─. Me sucede lo mismo.

El vampiro me besó la cabeza y sonrió.

─Y después del ritual, ¿qué sigue? ─Pregunté curiosa.

─Simplemente que eres mía y yo soy tuyo ─respondió, pero parecía preocupado por algún motivo que desconocía. Frunció un tanto el entrecejo y posó su mirada en el techo.

Me cubrí con la sábana y me senté en el lecho.

─¿Por qué tus palabras me saben a culpa? ─Cuestioné.

─Porque mi aquelarre no tardará en percatarse de esto y estaremos en serios problemas ─respondió como ebrio que se despierta de la fiesta anterior con una resaca infernal─. Inevitablemente, te he puesto en la encrucijada más peligrosa de tu vida. Yo, el inmortal que debió protegerte y fracasó rotundamente por caer en el hechizo de tus ojos.

Sonreí aliviada.

─Ninguna encrucijada sería más hermosa que esta. Te lo he dicho, nadie me apartará de tu lado. Conviérteme y vámonos de aquí. Le plantearemos esto a Chrystal y…

En ese instante recordé la pregunta que le iba a hacer sobre la situación de mi amiga. ¿Sería conveniente formularla? ¿Por qué no? Pensé. ¿Qué sería lo peor que podría suceder si Dominic ya era mío?

─¿Qué ocurre? ─Inquirió.

─Tengo algo que preguntarte ─me mordí el labio y él lo atrapó con su boca, degustándolo unos momentos.

─Dime, con gusto resolveré tus dudas si está en mí poder hacerlo ─sonrió modestamente. Nunca le había visto tan delicado conmigo. Me llenaba de regocijo.

─¿Existen las brujas? Quiero decir, ¿sabes algo acerca de algún grupo, o como se llame, de brujas en el mundo? ─Y al soltar mi cuestionamiento, todo se fue por la borda.

Dominic abrió los ojos como platos y se incorporó, tomando sus pantalones y poniéndoselos para darme su total atención con extrema rapidez. Me extrañó sobremanera su reacción. De hecho, me asustó un poco. Se le notaba tenso y malhumorado. ¿Qué había dicho que estuviera tan mal?

─Sería mejor preguntar, ¿qué tienes que ver tú con algo como eso? ─Su quijada se trabó y sus pupilas escrudiñaban mi rostro para estudiar cada reacción.

─Nada… fue solamente una…

─No me digas que sólo fue una cuestión al azar. Nadie inquiere cosas como esa al azar. Mencionaste a Chrystal y esa idea llenó tu mente. ¿Por qué?

─Dom, no tienes porqué enojarte. Mi intención no fue hacerte sentir incómodo ─me disculpé, levantándome para tomar un vestido sin tirantes color azul de mi cajonera, y me senté. Me costaba mucho creer que estuviera tan molesto por una simple duda. Bueno, la verdad no era tan simple, y por sus obvias reacciones, pude conocer con certeza que la respuesta era afirmativa. Las brujas sí existían y aparentemente no eran amigas de los vampiros. 

Dominic inhaló aire trabajosamente, intentando contener la ola de furia que le había embargado. Sus ojos se tornaron grises por unos instantes y los cerró. Cuando los volvió a abrir, habían vuelto a su dulce tono natural. Quise tomarle de la mano y la apartó.

─Fels, sé que has notado la contestación en mis gestos. Hay clanes de brujos en el mundo entero. El universo en el que vives es un lugar muchísimo más extraño de lo que te podrías imaginar. También existen las tribus de lycans, aunque están casi extintos y viven sitios muy alejados de la civilización porque se niegan a asesinar a seres humanos, así que se aíslan para no caer en tentaciones innecesarias. No todos son así, pero la mayoría practica la abstinencia. Alguna vez me he enfrentado a ellos y no son gran amenaza, al menos no estando separados. Los brujos de L’essence se cuecen aparte. Pueden ser una roca en los zapatos de cualquier vampiro. Los humanos no tienen de qué preocuparse, ya que su trabajo es protegerlos de nuestros ataques. Sin embargo, muchos aquelarres han perecido en sus manos. Son nuestros enemigos, nuestros asesinos ─me penetró con la mirada. Mientras narraba esto, la sangre pareció escapar de mi cuerpo. L’essence. Había dicho brujos de L’essence. Mis memorias viajaron al instante en que el libro de Chrystal cayó de su estante y lo tomé para hojearlo. No había comprendido nada ya que estaba escrito en francés, aunque esas palabras se encontraban grabadas por todas partes. Chrystal era entonces… no. No era posible. Esto no podía ser cierto. Me llevé instantáneamente la mano a la boca.

─¿Qué pasa? ─Me espetó Dom intentando una vez más controlarse.

Dudaba en mostrarle aquel gran libro. Había dicho que los brujos eran enemigos de los vampiros. Si Chrystal era una bruja, no sería amigable con el sempiterno y él tampoco con ella. Mi amiga murmuró una frase esa tarde. Dijo:

“¡Por Dios! ¡Te has enamorado! ¡Eso lo explica todo! Yo que comenzaba a temerme lo peor, creyendo que un ser maldito se había apoderado de ti o algo similar…”

Chrystal se refería exactamente a lo que me temía. Conocía la existencia de los inmortales. ¡Tenía que ser eso! No había otra explicación para su reacción exuberante. Aunque, ¿por qué jamás dijo algo al respecto? Tal vez por la misma razón que yo.

─Felinnah, estoy haciendo todo lo posible por ser paciente. No apeles a mi lado bueno en estas circunstancias, porque no existe. Sólo me freno porque se trata de ti. Dime qué es lo que sucede. Es una orden.

Yo respiraba agitadamente. De una u otra forma se enteraría. Tenía que decirle, pero temía sobremanera por su vida y por la de mi mejor amiga. Si mis conjeturas eran certeras, nada bueno podía venir de esto. Mierda… tenía que soltarlo ya.

─Dominic, ¿hay alguna razón por la cual las brujas no puedan tener poderes antes de los dieciocho años? ─Cuestioné en un murmullo.

El vampiro se puso rígido y entreabrió los labios.

─¿Qué edad tiene Chrystal? ─Exigió saber. ¡Maldita sea! En verdad esto estaba muy mal.

─Ella… ella tiene…

─Tiene diecisiete malditos años ─respondió sin permitirme hablar. Apretó uno de sus puños hasta que sus uñas quedaron grabadas en su palma. Ahora sí estaba iracundo─. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡No! No ahora ─clamó.

─Por favor, contéstame ─requerí lo más tranquilamente que pude.

─Las brujas de L’essence ascienden a la magia a los dieciocho años. Antes de eso son como cualquier ser humano común, no existe muestra alguna de sus poderes. Créeme cuando te digo que son tremendos ─no me miraba ya. Me había dado la espalda. Volvió a ponerse tenso. Algo más había llamado su atención. El libro de magia que había dejado en la cómoda del pequeño cuarto. Respiró profundamente y se acercó para tomarlo. Lo hojeó para luego, con una mano, azotarlo contra la pared. El golpe que dio al lanzarlo fue tal, que me hizo dar un brinco. Me encontraba asustada, muy asustada─. “La Magie Blanche” ─murmuró como si se tratara de una maldición.

─¿Dominic?

─Es su libro de hechizos y pociones. Es su guía. La Magia Blanca y el Ocultismo ─sí, mi vampiro lo conocía bien─. Nacen, crecen y están dispuestos a morir por combatirnos. Nos detestan y les devolvemos el favor. Sus habilidades principales son la levitación, la teletransportación y la fuerza, aunque en eso les ganamos por mucho. No obstante, sus múltiples trucos son en extremo peligrosos y los que tenemos un poco de cordura nos alejamos de ellos como parte de nuestra ley. Al menos la ley que rige a Florida y a sus inmortales.

Mis manos temblaban. Se detuvo un segundo, negó con la cabeza y prosiguió.

─Existe una bruja que es la más poderosa del universo. La hechicera suprema. Se llama Madison Alexander. Ella es su lideresa más venerada. Se casó con un vampiro de nombre Antoine Petrucci al que todos detestan por cometer alta traición. Yo soy de otra forma de pensar. Cada quien hace lo que desea. Yo estoy con una simple mortal, después de todo ─dijo ásperamente.

Sus palabras me lastimaron. El pecho se me encogió. Tragué saliva y comprendí a lo que se refería, aunque me parecía que Chrystal no correría con la misma suerte que yo. Volteó hacia mí, pero no me miró a los ojos.

─La historia de nuestra rivalidad se remonta siglos atrás. Una bruja fue violada por un hombre que no tenía idea de lo que ella era. Su venganza fue convertirle en un ser de la noche, un asesino, un vampiro. Denna Vitrova era su nombre, y ella es la responsable de nuestra maldición. El hombre se vio forzado a beber la sangre que había derramado por una eternidad. Jonas Vilerious, el primer sempiterno del mundo, nuestro padre. Él convirtió a muchos mortales en seres no-vivos para acabar con los brujos, aunque pereció junto con la mayor parte de su descendencia. Solamente una sobrevivió. Su hija bastarda. Devorah Vilerious. Ella es la monarca de mi mundo. Es la princesa de la que te hablé, la que dicta los decretos que debemos cumplir: los amras. Tiene una fijación enfermiza por Madison y obliga a muchos de nosotros a trabajar con ella para acabarla. Es una larga historia.

Me incorporé y le levanté la barbilla para hacerle saber que estaba dispuesta a escuchar todo el relato. Aunque temblaba, no le demostré más miedo. Comprendió lo que le quería decir con mis gestos y siguió, no sin antes terminar de acomodarse la ropa. Mis pupilas lamentaron el hecho.

─Los vampiros comunes nos alimentamos de la sangre de humanos, aunque cuando bebemos de ella, también absorbemos la “energía” que les mantenía con vida. Eso nos vigoriza más que la propia sangre. El plasma de un hechicero nos convierte en seres más letales precisamente porque contiene sus poderes. Al tomarla, se hace parte de nosotros. Es decir, obtenemos sus habilidades, se mezclan con las nuestras. Muchos vampiros se han enfrentado a lo largo de los años con los brujos para obtener tal vitalidad. Madison, siendo la más portentosa de ellos, es también la más acechada, pero es la única presa que no se nos permite tocar porque le pertenece a Devorah. Su clan reside en Nueva Orleáns. Nosotros, los aquelarres de Florida, no queremos tener nada que ver con los hechiceros, por lo que hicimos un pacto con ellos. Sin embargo, la princesa ya ha requerido nuestra ayuda en la guerra que piensa desatar en contra de la bruja suprema, de ser necesario.

─Tal vez no lo sea ─me aventuré a decir.

─Créeme, lo será. Nos veremos forzados a luchar contra la magia. De negarnos, nos mataría. Tu amiga Chrystal es una bruja, sin duda alguna. Lo cual me coloca en un terrible predicamento.

─No puedes hacerle daño ─solté como una orden─. Si lo haces, me perderías sin remedio.

─Morirás de todas maneras ─refutó sarcásticamente.

Exhalé fuertemente. De nuevo era el odioso y enervante sempiterno macho.

─Te he dicho que no me importa morir por ti o por ella. Son lo único que tiene valor en mi vida. Y no puedo creer que después de lo vivido, me hables con tal desdén.

─No puedo hablar de otra manera. El problema es que Chrystal me matará al conocerme y no pienso portarme dócil. Lo siento, no puedo dejarla vivir. Es ella o yo.

Me sobrecogía lo que escuchaba. Por todas esas razones no había querido hablarme de su aquelarre y de sus cosas, porque sabía que tal vez tendría que irse a pelear en una batalla que no le pertenecía. ¿Acaso me engañó cuando dijo que escaparíamos juntos? No, él nunca lo dijo. Esa fui yo. Él simplemente no lo negó. ¿Y ahora me daba a escoger entre alguna de sus vidas? ¡No! Debía haber alguna forma de mantenerles a raya, a ambos. Una bruja se había casado con su peor enemigo y eso me daba esperanzas. Era imperativo que Dominic y Chrystal encontraran una solución a revanchas del pasado, por mí.

─Si me amas, no la tocarás. De hecho, si me amas, me ayudarás a salvarle la vida. Chrystal está en peligro.

─¡Claro que está en peligro! ¡Tú también lo estás! Creí haberlo mencionado antes ─socarró.

─No me vengas con eso, Dom.

─¡Es la verdad! Más de lo que pude haber imaginado. ¡Maldita sea! ¡Mierda! ¡¿Qué no te era suficiente ser una prostituta para arriesgar tu existencia?! ¡Tenías que mezclarte también con un vampiro y una bruja! ¡Tenías que actuar de manera tan irracional y estúpida! ─Bramó.

─No permitiré que me hables así ─respondí secamente, alejándome de él para salir de la casa. Una vez llegando a umbral de la entrada, Dominic se interpuso en mi camino y estampó una de sus palmas en la orilla de la puerta.

─Exijo que te alejes de Chrystal. Perecerás ─demandó.

─¡Tú lo has dicho! ¡Moriré de todas maneras! ─Respondí plantándome ante él.

─¡No de esta forma!

─¡Por ti sí puedo darlo todo, pero no por mi mejor amiga, mi hermana! Jamás me separarán de ella, se trate de quien se trate.

Me tomó fuertemente del brazo y le di la cara. No me retractaría.

─¡Eres una…!

─¡¿Una qué?! ─Reté─. ¡Yo sí puedo decirte lo que eres! ¡Eres un egoísta! No te importó asirme a ti y a tu piel sabiendo todo lo que ocurriría. Yo tomé parte de eso voluntariamente, pero tú sabías a consciencia lo que causarías y aun así me tomaste. Repito, nadie me separará de Chrystal.

─¡Me estás forzando a abandonar lo que soy por ti y por una de mis peores enemigas! ¡¿Quién es la egoísta?! ─Aulló.

─Tú me enamoraste sin medir las consecuencias que no eran tan inciertas como lo pensaba. Nunca consideraste soltar algo por nuestro amor. Solamente estabas aplazando el tiempo. ¿Cómo crees que me hace sentir eso?

─Es distinto, yo también me enamoré de ti.

─¡Y sabías desde el principio que tarde o temprano me dejarías, a pesar de que juraste estar conmigo para siempre!

─No fue así ─presionó los labios en una delgada línea.

─¿Entonces cómo fue? Explícamelo, porque no lo comprendo.

─¿Cómo podrías comprenderlo? ­─Dijo para sí─. No puedo vivir sin ti, pero tampoco dejaré solo a mi líder.

─Supongo que ahora entiendes perfectamente mi situación…

No pudo rebatirme más. Me miró furioso e impotente. Soltó el marco de la puerta.

─Si te quieres ir, vete. No te detendré. O mejor aún, me iré yo. No importa que estés atada a mí por el ritual. Jamás volveré a verte ─agachó la cabeza como buen cobarde─. No revelaré el secreto de tu… amiga. Sé que tú tampoco revelarás los míos.

─¡¿Qué?! ─Le inquirí. ¿En serio? ¿Prefería largarse antes de enfrentar la situación? ¿Me abandonaría a mi suerte?

 ─Quédate con el único atisbo de mi alma, ya que tú la despertaste. Te dejo mi corazón raído y mis besos en tu piel. Me voy vacío y muerto, como nací. No será problema existir así ya que siempre lo he hecho. Quédate con lo bueno de mí, te pertenece, así como yo te pertenezco. Adiós, Felinnah.

Se dio la media vuelta y mis ojos se desorbitaron. No podía perderlo. ¡Era imposible que se fuera de esta forma! La garganta comenzó a arderme y mi alma se trastornó momentáneamente. El cielo se cayó ante mí, abriendo el infierno y arrastrándome con él. Mi mente se enfureció ante la devastación inevitable de mi universo. Dominic creía que me dejaba todo de su persona, pero no comprendía que lo que hacía era arrebatarme atrozmente lo más hermoso que había tenido. La felicidad parecía ser demasiado para mí. Su huida confirmaba que lo era. Nunca había valido nada para él y no lo valdría jamás. El orgullo me tomó entre sus garras e hice lo que hacía mejor… arremeter.

─¡Eres un maldito cobarde! ─Grité entre sollozos─. ¡Te detesto y siempre lo haré! ¡Maldita sea la hora que llegaste a destruir la poca sanidad que me quedaba! ¡Lo que te llevarás contigo será mi muerte, Dominic Lestrath! Te hago responsable de ella. Anda y vive tu perdida eternidad en culpa, dolor y calvario. ¡Te odio!

Noté cómo detuvo su andar unos instantes cuando le di a cargar el peso de mi fallecimiento en sus hombros. Sin embargo, continuó.

Azoté la puerta para cerrarla con el alma destruida y las pupilas llenas de lágrimas. El corazón se me hizo pedazos en el pecho y su latido cesó de escucharse, aunque en realidad retumbaba con más fuerza que nunca. Exclamé que me llevaran todos los demonios del averno. Sentía en estómago hecho añicos y me doblé en el piso para intentar reconfortar tan grande pesar. No lo logré.

Continué llorando sin detenerme por varias horas. La imagen de su hermoso rostro me atormentaba. Todas las palabras que me dijo se incrustaban como balas en mi pecho. Sentía su piel, su aroma, su pasión cuando me poseyó. Todo lo vivido no podía desaparecer de esta manera. Quise pensar que había sido una pesadilla, pero la realidad me abofeteaba el rostro con cada respiración. La desesperación hizo presa de mi persona y me puse de pie. Corrí hasta la cocina, sabiendo que sin él no podría existir más. Sin embargo, también quería castigarle. Tomé un cuchillo y llegué hasta el umbral de la puerta, empuñándolo con suma furia, deseando clavarlo en su corazón o en el mío… Tal vez esa era la mejor opción, clavarlo en el mío. Lo posé directo en mi pecho roto por el escozor del dolor.  Mis manos temblaban sin control. Percibí la helada y afilada hoja queriendo traspasarme. Al percatarme de lo que estaba a punto de hacer, con la respiración alebrestada y las venas ardiendo dentro de mí, dejé caer el cuchillo y me desplomé en el suelo, apoyando mi espalda en una de las paredes. No podía rendirme ahora que Chrystal me necesitaba.

 Observé el amanecer a través la cortina de llanto que colmaba mis pupilas. Me pareció el amanecer más tétrico. El cielo estaba cubierto de nubes de lluvia. De nuevo, la maldición de mi apellido había hecho de las suyas. Caí rendida horas después de lo acontecido. Las gotas que repiqueteaban agitadamente, haciendo contacto con el techo y las ventanas de mi pequeña casita, me adormecieron. Acepté que mi destino sería siempre sombrío y también acepté mi inevitable muerte. De todos modos, Dominic se había llevado lo poco que quedaba en mí. Así que ahora me dedicaría a pelear con Chrystal por su causa y de ahí, desaparecería de esta tierra. Ya no podía hacer nada más. Ya no quería hacer nada más.

 

Desperté con los ojos hinchados y el alma partida en dos. Lo primero que hice fue recordar el rostro de mi inmortal dándose la media vuelta y alejándose de mí. Las lágrimas se agolparon de nuevo en mis ojos, pero un detalle un tanto escabroso hizo que me las limpiara. No había señal de Chrystal por ningún lado. Volteé hacia la mesita donde siempre asentaba sus llaves. Nada. No había llegado a dormir. Me paré céleremente, sintiendo el agudo dolor de todas mis extremidades. Busqué por todas partes y no la encontré. Me temí lo peor. Dominic. Tal vez él la había encontrado y asesinado.

─No, no por favor ─supliqué.

Corrí hasta el cuarto para ponerme unos jeans y una blusa blanca sin mangas. Me percaté de que todavía no había levantado el desastre de la noche anterior. Las sábanas permanecían desordenadas y manchadas de sangre como recordatorio de mi masacre. Me sacudí la cabeza para pensar claramente. Las quité y las lancé a la basura. Con el colchón no podía hacer nada, así que se quedaría ahí, inerte, cual espectador silencioso del amor que arrastraba mi alma. Levanté mi cabello en una coleta y me llevé unas zapatillas deportivas a los pies. Tomé una chaqueta porque la temperatura era un poco más baja de lo normal. Entré al baño y cuando miré al espejo, noté una carta pegada en él. Era de Chrystal. La abrí haciéndome leves cortadas de papel en las manos, y leí.

 

Sky, he ido a buscar a mis padres. No podía exigirte más de lo que me has dado. Has sido mi madre, mi padre, mi hermana, mi todo. Prometo que retornaré para que este calvario se acabe y vengas con nosotros donde podamos protegerte. Haré todo lo que esté en mi poder para que conserves la vida que tanto amo. Sé de Dominic, aunque tal vez tú no sepas quién es en realidad. Te vi con él en la playa esta noche. Prometo rescatarte de sus malditas garras. Debo decirte la verdad, porque de otra manera no sobrevivirás. Él es un vampiro. Un asesino despiadado, parte del aquelarre Lestrath, uno de los más mortíferos de Florida. ¿Que cómo lo sé? Porque yo soy una bruja. Mi verdadero nombre es Renatta Graciano. Pertenezco al clan Graciano de Orlando. Un inmortal llamado Damien Wallace asesinó a mi hermano Sebastian. También intentó matarme, y ahora espera que me convierta en una verdadera bruja para terminar con mi existencia que pone en riesgo la suya. Él sabe que sobreviví a su ataque y culpó a su hermana Tabatha y a los demás miembros de su aquelarre de nuestra supuesta muerte, ya que mis padres movieron cielo, mar y tierra para encontrarnos. Incluso llamaron al clan guerrero de hechiceros, los Killian, para asesinar a los aquelarres de Florida y cobrar las vidas de mi hermano y la mía. Por tal razón, el líder del aquelarre Ricci exigió una respuesta y Damien se la proporcionó erróneamente. No sé qué es lo que planea, pero es sumamente fuerte. Cada vez que te decía que iba con un cliente, desde que escapamos de las manos de Flavio, mentía. Me dediqué a buscar respuestas a mis preguntas. Seguía a los Wallace. Tuve demasiada suerte de que no me capturaran. El dinero lo obtenía robando a mis “clientes”. Si te mantuve a raya de todo esto era porque deseaba que estuvieras a salvo, aunque Dominic te encontró de alguna manera. Supongo que también sabía de mí y te utilizó. Seguramente deseaba tanto mis poderes como el mismo Damien. A eso se dedican esos seres sin alma, a la devastación. Son sanguijuelas, carroñeros que viven de energías robadas. No regresé con mi familia cuando murió Sebastian porque les perseguirían por mí causa. Jamás hallaron mi cuerpo, por supuesto, aunque supusieron lo peor ya que Damien dejó piezas de mi ropa y mi sangre regadas en la escena. He ahí la razón por la cual hui y llegué hasta ti, mi salvación. Debes encontrar consuelo en saber que, aunque sí sufrí vejaciones en mi cuerpo, lo hice voluntariamente para no permitir que los míos padecieran. Ahora todo ha caído en su lugar. Ascenderé mañana y mis poderes surgirán. Nunca fui débil en realidad. Perdóname por todas las mentiras. Perdóname por no haberte alejado antes de la basura en que estuvimos inmersas. Tampoco yo podía hacerlo, no todavía. Perdóname, te lo ruego. Ya nada será igual después de mañana. Les contaré a mis padres de tu valía y haré que te asciendan también. Me niego a permitir que un “perverso” te arrebate de mi lado. Te proporcionaré las armas para luchar con todo. No estoy bromeando. Nunca me mofaría de ti con tanta vileza. Aléjate de Dominic. Resguárdate hasta que regrese. Espérame y no hagas algo estúpido, te lo ruego. Tienes la valía para soportar L’essence, sólo necesitas la guía. Aunque debo advertirte que deberás deshacerte de todo impulso nocivo. Eso solamente tornaría las cosas en tu contra. Es imperativo. Te amo, Sky. Espera mi regreso, hermana.

 

Arrugué la nota con el corazón acelerado. ¿Yo, una bruja? No sabía si sería capaz de asimilar tal cosa. No había nacido para ello. Una voz muy dentro de mí repetía que eso no era lo que deseaba. Mi ser entero gritaba que ese no era el camino. Si ascendía como Chrystal, o Renatta, quería, Dominic se convertiría en mi enemigo. Esto era muy extremo para digerirlo en tan poco tiempo. No importaba que ya le hubiese perdido, enfrentarme a él era una idea repulsiva. No obstante, la familia de Chrystal buscaría al tal Damien Wallace y probablemente también el aquelarre Lestrath una vez que supieran de lo ocurrido con su hija. Si le advertía a Dom del ataque, entonces los brujos correrían peligro. Negué con la cabeza. Después de todo, sí tienes que elegir, idiota. Me dije. Unirme a mi amiga o arriesgarla por el vampiro que me había abandonado. No me sentía tan compasiva con él ahora, y la bruja, tan extrañamente como sonara, había sufrido conmigo todo. Contrario a lo que pensaba, me cuidaba más de lo que yo alguna vez la cuidé. Si era mi deber, escogería a mi amiga. Dominic ya no estaba conmigo. Convencería a Chrystal de que dejaran en paz a los Lestrath y contaría mi versión de la historia. No podía ser cierto que me hubiese utilizado para llegar a ella. Yo fui testigo de la sorpresa en su mirada cuando él mismo descubrió quién era Chrystal. Amaba al vampiro y siempre lo haría. Tenía razón, las cosas eran sumamente complicadas, pero arriesgaría todo en esta empresa. Iría a buscar a Chrys inmediatamente.

Tomé el dinero que guardaba en un frasco dentro de uno de mis cajones y salí de la casa, echándole un último vistazo, sabiendo que probablemente sería la última vez que estuviera ahí, y me dispuse a ir a Orlando para enfrentar mi destino.


Capítulo 2: “Adiós”

(Narrado por Dominic)
 
 

 

Llegué a la guarida de mi aquelarre sin siquiera haber levantado la mirada del suelo para encontrarla. No había palabra alguna que describiera la profundidad de mi vacuidad. Había mandado al diablo lo único valioso para mí. Lo único. Me sentía como el peor de los imbéciles, con las manos huecas y un calvario sin fin que apenas comenzaba. A-penas. ¿Quién utilizaba palabras como esas en estas situaciones? ¿Penas? No, más bien, pasión consumidora.

Al penetrar la puerta, vi que Morgana estaba esperándome. Me desquició la idea de tener que tratar con ella. Quise darme la vuelta de inmediato, pero en este estado, no solamente los humanos se encontraban vulnerables.

 

─¡¿Dónde diablos te has metido?! ¡He esperado días a que te dignes a mirarme y ni siquiera has estado presente para hacerlo! ¡Estoy cansada de esto, Dominic! Si la situación continúa así, me largaré con Damien. Lo juro.

No levanté la vista. Estaba demasiado metido en mi sopor como para prestar atención a las niñerías de la vampiresa. Me dirigí hacia mi habitación.

─¡No estoy bromeando! ─Me tomó del brazo para detenerme.

─Yo que tú no haría eso, Morg ─advirtió Bruno notando que mis pupilas se clavaron en las de mi compañera, exigiendo que me dejara ir porque le iría muy, muy mal si no lo hacía.

─Suéltame ─comandé en un tono muy bajo y ronco, impregnado de peligro.

─¡No! ─Exclamó retadoramente.

Inhalé aire e intente con todas mis fuerzas resistir para no arrancarle la cabeza de un zarpazo.

─He dicho, suéltame ─mascullé.

─Morgana ─Bruno intervino de nuevo─. Por favor…

─Dije NO ─irguió la cabeza y el pecho. La cordura se escapó de mi cuerpo y arremetí contra ella con los colmillos hacia afuera y toda la rabia que había contenido, que era, por mucho, extrema. Presioné mi mano derecha en su cuello, estrujándolo hasta el punto en que sus huesos se quejaron, chillando. La estrellé contra una pared, dejando grabada su figura en ella. Gruñí endiabladamente e inserté los incisivos en la carne suave de su pecho. Morgana pegó un alarido ensordecedor que hizo eco en el recinto. Bruno intentó intervenir, pero mi bramido salvaje le detuvo. Sabía que le mataría sin titubear si se metía. Corrió en búsqueda de Donovan para que intentara hacerme entrar en razón. Morgana me arañaba el brazo y lanzaba patadas a diestra y siniestra. Ni así logró separarme. La detesté por atreverse a deshacer con su esencia la sapiencia de Felinnah que había grabado en mi paladar como un tesoro de infinitas proporciones. Volqué en ella toda la ira y frustración que sentía hacia mí por haberme atrevido a abandonar a mi mujer.  

Lancé a la vampira al piso. Las losetas se despedazaron, provocando un estruendo que hirió mis oídos, volando en miles de piezas que golpearon mi cuerpo. Con la mano que tenía libre, arranqué una de la patas de la mesa de madera del centro, derrumbándola, y con todas mis fuerzas y el brillo maldito en mis ojos, se la clavé en las costillas.

─¡Aghh! ─Gritó. Sus pupilas se desdibujaron en un terror que jamás había visto en ellas. Nunca fui un ser pacífico y en estos instantes no había más que guerra en mi cabeza.

─¡Te atreves a meterte conmigo una vez más! ¡No te das cuenta de que no somos iguales! ¡Estás amenazando a tu padre, a tu creador! ¡No dudaré en mover esta estaca un poco más arriba para terminarte! ─Mis aullidos sonaban irreconocibles hasta para mí. No sabía quién era este vampiro que se empeñaba en despojar de la vitalidad a su propia hija. Quería matarla. Jamás había querido matarla tanto como ahora. Saqué el artefacto lleno de plasma y, estando a punto de estamparlo en medio de su pecho, Donovan entró a la casa.

Al percatarse de la situación, se movió con agilidad propia de un león y me retiró del camino con un solo golpe. Era un vampiro bastante antiguo, por tanto, poseía más fuerza que yo. Bruno me arrebató la estaca improvisada de las manos y trató de aprisionarme entre sus brazos. El jovencito era valiente, debía concederle eso, porque jamás lograría contener mi descomunal furia. Le empujé con facilidad y corrí de nuevo hacia Morgana que se escondía tras Donovan, sosteniéndose de él. Lancé el mueble de la sala hacia el otro lado de la casa y salté hacia ambos. Mi líder interpuso un brazo entre él y yo, por lo que al colisionar brutalmente, quedé momentáneamente paralizado. Me incorporé adolorido y me agazapé cual bestia enajenada. Salivaba profusamente y mis colmillos se insertaban en mis labios, cortándolos por la fuerza con que gruñía. Toda mi camisa estaba bañada en sangre.

─Si tocas a Morgana, perderás mi respeto ─advirtió Donovan firmemente. Su voz me pareció un trueno que se estrella contra el suelo y obliga a detener tu andar, reconsiderando seriamente si deberías continuar…

─Quítate de mi camino o el que te perderá el respeto seré yo ─bramé. Algo terrible se había metido en mí, agitando los cimientos de la tierra que pisaba.

─No me vencerás, Dominic. Puedo hacerte mucho daño. Exijo que te alejes de ella ─comandó mi líder consistentemente, desnudando sus incisivos y decolorando sus pupilas a un gris pálido colérico. Me aplastaría si lo decidía. Todas las veces que me había atrevido a enfrentarme a él, perdía inevitablemente. No sólo era más poderoso, sino más sabio, contenido y perspicaz. Medía los movimientos de su adversario, los analizaba en un segundo y atacaba con la certeza de aniquilar. Estaba seguro de que no me asesinaría. Era una lástima. Prefería morir por su mano que por la de cualquier otro inmortal. Ya no quería existir. Felinnah tenía toda la razón, era un maldito cobarde y no merecía la vida que ella me había dado. Se lo dije. Le dije que no la meritaba y ella no quiso creerlo. Ahora ya no podía hacer nada para regresar el tiempo y enmendar el daño. La conocía. Esto era irreparable.   

─Puedo hacer lo que desee con Morgana. ¡Yo la creé! ─Contesté dando un paso, tomando de la camisa a mi líder y levantándolo a varios centímetros del piso. En el acto, Morgana cayó por la falta de fuerza.

─Te lo advertí ─siseó Donovan.

Metió ambos brazos entre los míos, desatándose y tomándome del cuello para después lanzarme en dirección a la chimenea. Caí de espaldas en ella y las brasas encendieron mi piel. Mi carne empezó a soltar el aroma de la ceniza. El ardor sólo se comparaba con el infierno en mi ser. Me abstuve de escapar. Me hice un ovillo y me dejé morir.

─¡Sácale de ahí, Don! ¡Esto lo matará! ─Exclamó Bruno.

Al comprender que no me movería de la flama que me envolvía, Donovan se desplazó hacia mí de un paso y me tomó de la cintura, arriesgando su propia vida para salvar la mía. ¡Vano intento! Me dije, percibiendo las llagas que se formaban en toda mi espalda.

─¡¿Qué carajos estás haciendo?! ─Exigió saber─. ¿Por qué deseas perecer con tanto ahínco? ¿Qué mierda te sucede, Dominic?

Todo quedó en silencio unos instantes. Mi cuerpo permaneció tirado en el suelo junto con el de Morgana, que aún no recuperaba el aliento. La piel que se me había quemado, tardó un tanto en regenerarse. La de él también. Sus brazos y parte de sus piernas se habían chamuscado. Mis ropas estaban raídas y pegadas a mi epidermis por la sangre que coagulaba las llagas. Bruno tenía los ojos abiertos como platos, sin dar crédito a todo lo que sucedía. Nadie se atrevía a hablar. Imaginaba que nadie sabía qué decir. Como había mencionado, nunca fui pacífico, aunque tampoco había sido tan letal con los míos como esa noche. Mi mente estaba aturdida. Respiraba trabajosamente y todavía no comprendía el alcance de mis actos. Morgana se sobrepuso unos minutos después, tomó los restos del sofá que había arrojado a la nada, colocándolo junto a la chimenea, y se sentó.

─Eres un… imbécil ─susurró dirigiéndose a mí.

─Carajo ─dijo Bruno con un hilo de voz.

─¿Pretendes que nos acabemos entre nosotros? ─Inquirió mi líder─. Ya tenemos suficiente con los brujos. No seas idiota. Tanta sangre que bebes te bloquea las neuronas.

No respondí.

─¡Vaya “padre” que me tocó! ─Recriminó la vampiresa─. Lo has visto ya, Donovan. No soy más que un objeto para él. ¡Lo detesto!

─Si me detestaras tanto, jamás te habrías acostado conmigo… tantas miles de veces.

El cuadro que se pintaba ante mí era bastante lúgubre. Donovan tenía los brazos caídos a los costados, erguido a pesar de sus dolencias, con los puños de la camisa ennegrecidos y carbonizados, así como la parte media de sus pantalones de lino beige. Morgana estaba remojada en su propia sangre. El hueco donde había clavado la estaca rompió su blusa Prada favorita. Bruno tenía los brazos cruzados y contemplaba el desastre de la casa, tal vez preguntándose quién lo limpiaría. Y yo me hallaba echado en el piso, discutiendo de sexo con la inmortal a la que había creado e intentado matar. Mi vestimenta estaba calcinada por detrás. Solamente el destello del fuego de la chimenea nos alumbraba. No nos gustaba mucho la electricidad, por lo que no teníamos focos más que en sitios específicos como el sanitario y las habitaciones, y eran de luz cálida. Nuestros únicos televisores se ubicaban en las habitaciones de Morgana y Bruno, a quienes les agradaban los artefactos modernos: celulares, iPods, iPads, computadoras finísimas, sonidos digitales y esas cosas. Donovan y yo preferíamos los discos de acetato (aunque yo sí tenía un iPod con canciones clásicas de todas épocas desde mi conversión), los libros y una que otra película en formato DVD. Los días solían ser más sencillos de esa manera. Solían serlo.

─Cállate, Dominic ─dijo Morgana enervada.

─No eres pieza para mí. Que no te quiera ni te desee, es lo que te pudre las entrañas. No eres mejor que Tabatha Wallace ─desdeñé.

Donovan quiso intervenir de nuevo, aunque se percató de que esa no era su pelea. Pude notar en su rostro que estaba harto de discusiones de secundaria.

─¡Malnacido!

─Lo que sea ─solté. No podía respirar y eso que no me hacía la menor falta.

─No te comprendo, Dom ─los ojos de Morgana estaban desorbitados y sus pupilas destilaban furia (con toda razón).

─Lo único que debes comprender es que no te pertenezco ─respondí incorporándome para sentarme.

─Hay algo muy extraño en ti. No eres el mismo… no lo eres. ¡Donovan! ─Clamó─. ¡Tienes que detener esta actitud! ¡Haz algo!

─Tú lo has dicho ─musitó el vampiro para mi sorpresa─. Él es tu creador. No hay mucho que pueda hacer, más que observar. Ya te salvado de una inminente muerte. Agradécelo y guarda silencio.

─¡No lo puedo creer! ─Morgana gesticuló exageradamente.

─Con una mierda, calla ─desprecié sin ganas, poniéndome de pie para cambiarme la ropa. Donovan soltó una risotada inesperada al voltearme.

─¡Qué! ─Grité dándole la cara. Frunció los labios para contener la risa.

─Tu trasero luce bastante… bien proporcionado, dado a que puedo contemplarle en todo su esplendor ─¡Mierda! Las brasas habían consumido casi completamente la parte posterior de mis jeans.

─Púdrete ─bufé y continué caminando hacia mi cuarto.

─¡De nada! Fue un placer rescatarte de tu estupidez ─soltó mientras yo cerraba la puerta detrás de mí. Así funcionábamos. Uno deshacía y el otro componía el desastre. Donovan era un líder magnífico. Estricto, pero magnífico. No había pregunta a la cual no tuviera respuesta. Era raro que titubeara cuando se trataba de auxiliarnos. Sin duda estaba muy consternado por mi actitud, pero me daría mi espacio como siempre lo hacía. De alguna imbécil manera, agradecía todo lo acontecido, porque me había distraído momentáneamente de mi tormento. Ahora que estaba solo de nuevo, el furor en mi pecho se expandió hacia mis extremidades, convirtiéndome en impotente en mi propia estructura.

Encendí la luz de mi cuarto y me desnudé. Contemplé mis brazos enrojecidos y la marca casi invisible de la mordida de Felinnah cuando se entregó a mí. La toqué y la calidez de su recuerdo me perturbó. Tenerla envolviéndome, besándome, dejándome penetrarla con fuerza y vigor, con ternura y apasionamiento, con demencia y fuego. Sus piernas apretando mis caderas y su embriagador aroma introduciéndose en mis fosas nasales. Mi miembro se endureció. Parecía doler, palpitar por la falta de su pelvis. Mentí cuando dije que podría continuar con mi vida como siempre había sido… No existía si no era por ella. Me llevé la mano a la erección y la envolví, experimentando una sensación de excitación. Jamás había sentido la imperiosa necesidad de masturbarme para complacerme. Para eso tenía a mis mujeres, humanas, brujas o vampiras, ¡que carajos daba! Pero esa noche precisaba expulsar mi candor por ella. La visualicé completamente descubierta. Sus delicados senos blancuzcos descansando en mi boca que jugueteaba con sus pezones duros, ávidos de mí. Su vagina violentamente humectada cuando la penetré con la lengua, los dedos y el pene, guardando su textura en mí. Sus frondosas piernas entrelazadas con las mías. Mi anatomía tembló y continué estrujando mi miembro de arriba abajo. ¡Ah, mi divina Venus! ¡Ah, mi Felinnah!

Te amo, Dominic ─su voz se dejó escuchar en mis memorias, sensual y exquisita.

Toda la potencia de mi fragor se concentró en mi erección y en mis testículos, y estallé en un clímax asombroso con el rostro de mi Cielo gimiéndome salvajemente al oído.

 Entré a la ducha, cansado y entumecido por las vastas experiencias de aquella noche que había durado mucho más de lo necesario. Abrí la regadera y remojé el cuerpo, removiendo el resto de los pellejos muertos que quedaban en mi espalda, glúteos y piernas.  Me coloqué unos jeans raídos de mezclilla, una camisa negra, unas botas Steampunk Demonia Disorder, y otra de mis tantas chaquetas negras de cuero, tipo motociclista. Subí al techo para despejar la mente o para aturdirla más, no sabía.  La agonía a la que me estaba sometiendo era terrible. Imaginé que este era el averno. Jamás en la vida, humana o inmortal, había sufrido la pérdida de alguien porque simplemente nadie más que yo me había importado en el universo. El pecho se me comprimió de nuevo, pero esta vez con mayor potencia. Tuve que agacharme momentáneamente para poder sobreponerme. Sentía un enorme pesar en la garganta y no era por la falta de alimento. Era algo muchísimo más intenso que eso. Era el dolor. La verdadera pena de la muerte en vida. Me reproché a mí mismo haber caído en mi propio juego. Haberme enamorado de una mortal y entregarle mi todo, pese a que fuera nada. El lazo que creamos Felinnah y yo al realizar el ritual era indisoluble, al menos para mí como vampiro. Cometí la peor idiotez de todas. Darme a una mujer fascinante. Cederme por completo a una prostituta. ¡¿Qué diablos estaba pensado?! ¡¿Cómo carajos creí que eso resultaría?! Ningún autor de los que conocía, de ficción o realidad, se había atrevido a darle un final feliz a un par tan impar.  

Me llevé la palma a la frente, irguiéndome. Entonces, algo increíble sucedió. Un líquido caliente comenzó a brotar por mis ojos y descendía por mis mejillas. Cuando me lo quité y me percaté de lo que era, realmente me asombré. Era sangre. Lágrimas de sangre. Había escuchado que los inmortales podíamos llorar. Tal vez en algún momento esas mismas lágrimas se habían juntado en mis ojos por situaciones inexplicables, pero de eso a derramarlas, había un larguísimo trecho. Ni siendo mortal cuando me herían con total potencia, derramé una sola gota de agua de mis pupilas. Todo lo que me había sucedido me convirtió en el ser más falto de sentimientos que jamás conocí. “Sentir” cualquier cosa era una tremenda molestia y Felinnah me había regalado el poder de hacerlo. Yo era el causante de mi pesar, pero ella era la causal de mi vida. La amaba más que nunca ahora que la sabía perdida. Sin embargo, el conflicto de intereses permanecía. Chrystal era bruja y no sabía de qué clan provenía. Podría ser de cualquiera. Mi aquelarre se enteraría tarde o temprano de mi unión con Fels porque era algo que no se podía esconder, y eso la convertiría en un blanco automático. Podía hablar con Donovan. No obstante, le conocía muy bien. La clandestinidad de mi romance no le daría confianza. Y si algo no le daba confianza, sería despreciado y aniquilado. Todo me preocupaba. Al abrirle paso al amor, mi corazón muerto también descubrió otras emociones… remordimiento, culpa, aprecio hacia mi líder, tristeza, y miles de otras cosas que no sabía nombrar porque simplemente jamás existieron en mi vocabulario.

Lloraba silenciosamente, cuan hijo de la luna que contempla toda la extensión de su ruina, hasta que escuché unos pasos detrás de mí. Rogaba que no se tratara de Morgana, puesto que no podía mirarla después de lo que intenté hacer, y lo peor era que sí me molestaba el daño que le había causado. El caudal de sensaciones en mí era incontenible.

 

─Dom, ¿estás bien? ─Era Bruno. A diferencia de los demás miembros del aquelarre, Bruno conservaba intacta una buena parte de su humanidad. En cierta ocasión mencionó que le hubiese gustado enamorarse de alguien y ser una persona distinta a la que era. Crecer y formar una familia. En ese entonces le taché de imbécil y me burlé. Ahora, le consideraba el mejor de nosotros. Realmente deseaba un destino diferente para él.

─Digamos que estoy, nada más ─respondí secamente, enjugando el llanto por completo. Aunque mis ropas eran negras, el plasma vampírico tenía un aroma muy distintivo y Bruno lo percibiría, estaba seguro de ello. Además, ¿qué tanto podía esconder semejante torrente?

─¿Lloras hermano? ─Cuestionó con delicadeza. Se notaba que no deseaba hacerme enojar una vez más.

─Siempre he odiado que las personas respondan a una pregunta con otra, pero ¿acaso no es obvio el olor de mis lágrimas? Aprende a cuestionar lo que tenga un propósito real, Bruno.

─Lo siento, Dom. No es mi intención entrometerme, es sólo que… ─prosiguió.

─Te suplico que me dejes en paz. No estoy de humor. Lo pudiste notar hace unas horas. No podría soportar hacerte daño.

Lo que dije había sido lo más genuino que jamás confesé a alguien de mi aquelarre.

─No deseo importunar. Sólo quiero saber si podría hablarte… Se trata de algo de suma importancia.

─Nada me interesa ahora.

─Estoy seguro de que esto sí ─se puso firme.

─¡No! ─Exclamé exhalando fuertemente.

Se armó de coraje y habló por fin sin importarle mi negativa tan rotunda.

─Dom… ─titubeó─. Dominic, sé lo que escondes. Sé la causa de tu sufrimiento.

─Lo dudo mucho ─reí sarcásticamente.

Al no emitir palabra alguna, me puso en alerta. Esperé unos segundos para escuchar lo que diría después.

─No te enojes, Dom, te lo ruego. Pero, lo sé. Lo sé todo ─susurró. La tonalidad de su voz era casi insonora.

Cuando dijo esto, mi cerebro caviló de inmediato y supe que sí se refería a Felinnah. No obstante, no lo revelaría hasta estar completamente seguro de ello.

─¿Qué diantres quieres decir? Habla claro. Te he dicho que no estoy de humor.

─Conozco tu secreto. He visto a Felinnah y me parece la mujer perfecta para ti ─aventuró entrecerrando los ojos con terror. Le tomé de la camisa y lo acerqué mucho a mí. A pesar de que el chico estaba horrorizado, no mostraba señal de retractarse.

─No… no me malinterpretes. Lo digo en serio, hermano.

Escruté su mirada para saber si había algún dejo de mentira en ella. No parecía ser así. Aunque debía ser precavido.

─¿Cómo sabes de ella? ─Le espeté dejando ver mis colmillos.

─Por favor, no te enfurezcas. Te seguí ─se cubrió el rostro con una mano.

─¡¿Me seguiste?! ─Mi volatilidad me impedía ser benévolo. Por todos los infiernos que le acabaría ahí mismo si no se explicaba correctamente.

─¡Dom, no lo hice con mala intención!

─No puedo pensar en otra intención que no sea mala. ¿Quién te envió a seguirme? ¿Donovan o Morgana? ─Le espeté.

─Ninguno de los dos, lo juro. Yo lo hice voluntariamente.

─¡¿Sabías a lo que te exponías conmigo y aun así me espiaste?! ¡Puedo ser mil veces peor que Donovan! ¡Lo sabes! ¿Quieres morir, bruto? ─Clavé mi mirada gris en él, amenazadoramente.

─Lo sé. Lo sé. Lo hice porque sabía que tú eras distinto a ellos. Siempre lo supe. Tú no eres como los otros vampiros. Tú tienes la verdadera esencia de la inmortalidad.

─Soy peor que todos, chiquillo y, ¿a qué diablos te refieres con la verdadera esencia de la inmortalidad? ─Le elevé más entre mis manos.

─No. Dom, tú no eres como ellos ─repitió─. Hay algo en ti que me ha hecho tenerte más confianza que al mismo Donovan. Te he admirado desde siempre. Eres mi mentor. Te admiro, te admiro ─su boca decía las palabras y me sonaban completamente honestas. Le fui soltando lentamente, aunque con suspicacia.

Solté un bufido.

─¡Vaya mentor el que has escogido! Eso demuestra una vez más tu falta de experiencia. No podrás aprender nada bueno de alguien como yo.

El chico metió las manos a sus bolsillos y frunció los labios.

─Te equivocas. Me enseñaste a creer que mi naturaleza vampírica podía ser mejor que la humana ─dijo mirándome a los ojos.

─¡¿Qué?! Soy el vampiro menos humano que existe ─arrugué el entrecejo.

─No me has entendido.

─Explícate, carajo.

Su rostro dibujó una diminuta sonrisa.

─El ser vampiro es algo relativo, como el ser humano. Tengo una teoría en la que creo firmemente. La maldición fue lanzada para el vampiro original, Jonas y su descendencia. Nosotros fuimos transformados, no nacimos de él ─aclaró.

─Sigo sin comprender una sola palabra ─negué con la cabeza. El chico estaba loco─. Somos descendientes de Jonas por asociación. Hay una línea sanguínea en todos nosotros que se une hasta llegar a él.

─Tal vez, pero date cuenta de que algo ha cambiado durante nuestro tiempo. Los inmortales somos capaces de sentir todas las emociones con mayor potencia. Por eso es que apagamos la mal llamada “humanidad” para no resultar afectados. Eso nos convierte en algo similar a los sociópatas y narcisistas. Es lo que nos hace actuar como asesinos despiadados. Consideramos inferiores a todas las razas, sobre todo a la humana que nos concibió, porque nos alimentamos de ellas. Sin embargo, la realidad es otra. Una vez que comenzamos a “sentir” algo tan imponente como el amor, no hay vuelta atrás. No existe tal cosa como deshacerse de esa emoción. Podrías intentar apagarla, pero tarde o temprano regresaría a ti porque fuimos hechos para sentir ─¡pff! Cuando comenzaba a dar sus discursos de niño sabelotodo me enfermaba.

─Ajá. ¿Y qué más? ─Le espeté bostezando.

─Hablo muy en serio. Como creador del cosmos, si tú le dieras al árbol de manzanas el poder de dar peras, ¿crees que solo daría manzanas para no cargar con más peso en sus ramas? ¡Por supuesto que no! Pasa exactamente lo mismo con nosotros.

O yo estaba muy entumecido, o de hecho, el muchacho comenzaba a hablar con sentido. Continuó.

─El creador o como quieras llamarle, nos dio esa fuerza para experimentar emociones intensas. Para llevarlas hasta el punto máximo, aunque también para aprender a hallar un balance en ellas. También los mortales asesinan, incluso a veces peor que nosotros. ¿Nunca has escuchado hablar de Calígula, el emperador romano?

─De hecho me ha servido como inspiración en muchas de mis… cacerías ─respondí.

─Ves, tú igual lo sabes y no quieres aceptarlo. Eso a lo que nosotros llamamos la “humanidad” perdida radica en nuestras almas, cuerpos, mentes. Nunca se fue al convertirnos. Se potencializó y la desechamos porque siempre nos enseñaron que éramos los malos del cuento. No digo que no lo seamos. Hemos actuado como bárbaros. Sin embargo, podemos elegir ser algo más.

─¿Y qué sucede si yo no quiero elegir ser alguien más?

─Entonces la perderás para siempre.

Sus palabras me llenaron de consternación y de alivio a la vez. Bruno estaba diciendo que ser vampiro se trataba de abrazar cada impresión al máximo, aunque tratando de hallar un balance en ellas. Era algo ambiguo. No obstante, tenía cierto valor. ¿Para qué hacer inmortales con sentimientos si no se nos permitía usarlos?

¿Para qué? El Dios de los humanos es un viejo bastardo que juega con nosotros como le place. Te preguntas para qué, cuando deberías estar diciendo, al carajo con todo esto. Siempre has sido un ente sanguinario y ni ella podrá transformarlo. Es como querer que un demonio ascienda a los cielos por méritos. Las cosas no funcionan de esa manera, idiota.

Mi subconsciente como siempre tan alentador. Estaba dividido en dos. Bruno me había confundido más de lo necesario. Tal vez tenía razón. Tal vez no. El punto era que mi mente estaba más concentrada en la última frase que había dicho. “Entonces la perderás para siempre”.

─Te he observado ─murmuró─. La forma en la que miras las estrellas casi cada noche. La manera en la que te diriges a Morgana, aunque la quieras matar, como hoy. El impulso que te llevó a convertirla fue el mismo que me animó a mantenerme lo más sensible posible. Ciertamente tienes ese distintivo psicopático en tu fuero interno y eres muy bueno en lo que haces, aunque para mí siempre has sido más leal que cualquiera. Tienes convicciones y las respetas. Cuando decidiste transformar a Morg, observé en tus pupilas la necesidad de compañía. Supe que la querías realmente, pero también comprendí tu decepción cuando ella se tornó en la asesina que es ahora. Tenías la esperanza de que ella fuera quien te enseñara a adorar esa parte de tu naturaleza que te empuja hacia el amor. Sin embargo, sucedió lo contrario, se unió a tu muerte. No la culpo, te idolatra y te quiere a su manera. La única manera que conoce. El apego hacia su creador.

Jamás quise aceptar ese lado de mí, el lado “vulnerable”. ¿Podría ser real? Guardé silencio unos instantes y luego me senté al borde de la azotea. Bruno me acompañó.

─Interesante punto de vista ─esbocé un conato de risa─. ¿Cómo pudiste llegar a esas conclusiones? ¿Te dedicas a armar teorías vampíricas para resolver crisis existenciales en tu tiempo libre?

Rió y encogió los hombros.

─Tu coraza es tan áspera que es difícil ver a través de ella. No obstante, si te fijas bien, hallarás dentro una piedra preciosa ─respondió repitiendo las palabras que le había dicho a Felinnah hacía tan sólo unas horas─. Tienes razón en estar enamorado de ella. Es una mujer fenomenal. Es fuerte, valiente y muy hermosa. Juzgarla mal sería erróneo. Nosotros hemos acabado con miles de vidas de distintas formas. Ella lo que ha hecho es intentar sobrevivir. Nunca dudé que era tu par para toda la eternidad.

─¿Cómo puedes saberlo si no la conoces? ─Le miré desafiante.

─Sé que te ama y con eso me basta. No la abandones, te necesita. Si la adoras como creo que lo haces, la seguirás hasta el fin del mundo. Se ha ido a Orlando a buscar a su amiga, Chrystal, la bruja.

Sentí claramente que la sangre, ya helada, se me congelaba en las venas.

─¡¿Cómo?! ─Exclamé.

─Antes de que llegaras a la guarida, fui a buscarte a su casa. Sé que no debí, lo lamento. Donovan no dejaba de preguntar por ti y temía por tu vida y la de ella. Morgana y él iban a salir a registrar todo Miami para hallarte, y si les encontraban juntos, ella pagaría los platos rotos…

─¿Arriesgaste tu vida por… mí? ¿Y por ella? ─Estúpido chico.

─Eres mi mentor y mi hermano, repito. No permitiría que te hicieran daño. En realidad te estimo, Dominic.

Al escuchar sus palabras, algo se encendió en mí. Comprendí lo que Felinnah sentía por Chrystal y el porqué de su testarudez al aferrarse a ella. Era su familia. Su única familia. Debía ir a buscarla de inmediato. Al dejarla sola la exponía más de lo que jamás la hubiese expuesto estando a su lado. Estábamos en esto juntos. Tenía que aventurarme y de verdad dejarlo todo por ella, por su sonrisa, por los latidos de su corazón. Me ganaría su voluntad tanto como pudiera dentro de mis circunstancias.

─No hay nada aquí que valga la pena la pérdida de tiempo. Donovan y Morgana estarán bien ─continuó.

─¿Y qué hay de ti? ─Cuestioné.

─Yo te sigo donde sea que vayas. Tampoco hay algo aquí para mí. Por años he vivido una existencia que no me place y que me mata cada día más. Quiero estar contigo y aprender a ser un verdadero inmortal.

─No puedo cuidarte. Tampoco termino de darle crédito a tus hipótesis extrañas, chico. Debo cuidarla a ella. Vamos a enfrentarnos a los brujos de L’essence. No quiero verte morir ─negué con la cabeza.

─No tendrás que cuidarme. Permíteme tomar mis decisiones. Tómame en serio, ya que nadie lo ha hecho jamás.

¿Cómo decirle que no cuando en realidad jamás había vivido? ¡Ah! Algo me dice que este camino no va a ser nada sencillo con un perrito faldero arrastrándose detrás de mí. En fin, ¿qué cosa que alguna vez hiciera fuera sencilla? ─Bufé.

─De acuerdo, me acompañarás. No obstante, tienes que saber que si nos vamos, no habrá retorno. Donovan no nos recibirá con los brazos abiertos. Los vampiros de Florida nos desterrarán como traidores. Esta es la expulsión y es voluntaria. Una vez que pongamos un pie fuera de esta casa seremos fugitivos y, si nos ven, nos matarán. ¿Estás dispuesto a eso?

─Nunca he estado más dispuesto a algo en mi relativamente corta vida ─respondió con toda seguridad.

Le observé y asentí, comprendiendo que Bruno merecía la oportunidad de una realidad nueva, aunque yo no pudiera tenerla porque seguramente Felinnah no me perdonaría.

─Lo hará ─dijo─. Ella te perdonará porque te adora más que a nada en su mundo.

─Gracias, chico ─respondí─. Tienes agallas y eres un maldito lunático, pero te lo agradezco­ ─dije sabiendo que después de esa noche jamás sería el vampiro que alguna vez fui. Esa estrella que nunca chocaba con otras. De ahora en adelante, sería una estrella fundida con la más esplendorosa de todas. Sería el Dominic de Felinnah. Y solamente hizo falta atravesar el infierno de su partida para percatarme de ese detalle…

 

Brincamos del techo y dijimos adiós a nuestras antiguas existencias. A las noches acompañados de la soledad de los demás. Al ver hacia atrás, me di cuenta de que lo que Bruno dijo había sido cierto. No extrañaría nada de Dominic Lestrath en ese aquelarre ni en Miami. Poco a poco comprendía que el vampiro en mí no tenía tantas razones para odiar como las tenía para amar. Y con esa noción, partí para luchar por mi verdadera vida.

 

Capítulo 3: “Orlando”

(Narrado por Felinnah)
 
 
 

A pesar de tener el corazón destrozado, llegué a Orlando en unas cuantas horas. Era de tarde y no tenía ni idea de dónde comenzar mi búsqueda, lo cual resultaba frustrante. No obstante, recorrería la ciudad entera de ser necesario.

Las personas se paseaban al derredor como si la vida no tuviese importancia. Orlando, Miami y otros lugares de Florida, eran terrenos de apariencias, y solamente los que habíamos nacido aquí conocíamos la verdad de las circunstancias que rodeaban al valle de las siliconas y el “esplendor soleado”: drogadicción, alcoholismo, prostitución (mi realidad), cirugías cosméticas que, si no se llevaban tu vida, se llevaban todos tus ingresos, y sobre todo, muchísima pobreza. Lo que los turistas veían eran los sitios creados para posar como modelos en sus fotografías… los parques temáticos como Disney World, Sea World, Epcot Center, Magic Kingdom Park, entre otros, sin hablar de las avenidas como South Beach y Downtown en Miami; jamás visitarían los alrededores de Disney World, donde unos sesenta y siete moteles alojaban a más de quinientos niños sin vivienda ni alimento, cerca del condado Seminole. ¿Qué cómo sabía esto? El ser prostituta no me impedía leer los periódicos o ver las noticias de vez en cuando. Conocía bien el sentimiento de impotencia que se experimentaba cuando las tripas rechinaban y no existía alimento ni forma para llenar el estómago. Ni hablar de la soledad, la desolación y la desesperanza.

Alguna vez, estando en un parque al aire libre cuando recién me había escapado de la casa hogar donde residía, observé a un mendigo no mayor de cincuenta y tantos años. Solía visitar mucho aquél sitio porque, admirar el cielo y escuchar el sonido de las hojas de los arboles al chocar contra el viento, me brindaba una relativa paz. Muchas veces vi al mendigo atrapar dos o tres tórtolas a las que, primero alimentaba con migajas de pan duro, y luego tomaba entre sus palmas para retorcerles el cuello hasta que la vitalidad se les escapaba. La primera vez que me percaté de este incidente, sentí que la sangre se me convertía en fuego. Sin embargo, me abstuve de soltar comentario alguno al respecto. No era de mi incumbencia. Para la sexta vez que la historia se repitió, me paré de mi asiento no oficial y me acerqué al tipo como alma que llevaba el diablo. Le tomé de la raída chaqueta y le volteé para enfrentarle, arrebatándole el saco donde metía a sus tórtolas recién asesinadas. El hombre no pareció sorprendido ante mi arrebato, por lo que comprendí que no era la primera vez que alguien le encaraba.

Como toda una defensora de los derechos de los animales ─que no era en realidad─, le dije hasta de qué color se vería su cadáver cuando yo le pusiera las manos encima si algo así se repetía una vez más. Se echó a reír unos instantes y luego me contempló con suma ternura, para decir:

 

─¿Conoces lo que es el dolor, verdad criatura?

Me sorprendí bastante con sus palabras, aunque no me conmoví.

─Lo conozco bien, por tanto, no puedo creer que un hombre mayor como usted dañe a una criatura inocente de manera tan brutal.

Cada vez que uno de los cuellos de las pequeñas tórtolas se retorcía, mi estómago daba un vuelco igual al que me perseguía cuando el infeliz bastardo de mi padre abusaba de mí. No podía permitir que alguien abusara de esa forma de animalillos que no tenían la posibilidad de defenderse.

─Es alimento ─comentó aquél hombre casualmente.

─No entiendo ni una palabra ─lancé aún enfurecida.

─Es alimento para mis cinco hijos y mi esposa.

Cerré la boca unos instantes y dejé que se explicara. ¿Alimento? Esas microscópicas aves con trabajo y tenían carne.

─Verás, hace algunos años trabajaba en uno de los parques temáticos que ahora está clausurado. Era personal de limpieza porque, no habiendo terminado mis estudios, fue la única profesión que se me permitió ejercer. Di mis mejores años a ese lugar, pero cuando no hubo presupuesto suficiente para mantenerlo tuvieron que cerrarlo, como lo han hecho con tantísimos de ellos. Siendo una persona mayor, me fue imposible encontrar consuelo a mi pesar. Todos los sitios a donde iba me cerraban las puertas debido a mi edad y me fui a la quiebra. Mi esposa está lisiada y dos de mis hijos quedaron ciegos a causa de enfermedades que no pudimos tratar a tiempo por falta total de recursos. Los tres que me quedan sanos dejaron de asistir a la escuela por un tiempo para ayudarnos haciendo uno que otro trabajo. Las mismas ruinas de mi vida les habían cubierto y mucho me temía que mi historia se repetiría en ellos. La única manera en la que podía tener comida en la mesa era cuando la conseguía de aquí, de las aves que me has visto tomar, o de la pesca, aunque practicarla me era casi imposible gracias a los costos de mantenimiento de los botes.

Le eché una mirada sagaz.

─Antes de terminar con las vidas de las tórtolas digo una oración, suplicándole perdón a mi Dios por tener que llevarme a sus criaturas para que las mías puedan obtener algo de vitalidad. ¿Y sabes qué me responde?

─Dios no contesta jamás las plegarias de los que no importamos ─desdeñé.

─Ah, claro que lo hace, pequeña. Siempre me responde con una brisa cálida y una sonrisa dibujada en las nubes. Si hasta el león devora antílopes para sobrevivir, ¿por qué un ser humano, hijo suyo, no podría apropiarse de un poco de la maravilla que él regala? No le hago daño a nadie en realidad. Solamente pretendo comer y darles a mis hijos mejores posibilidades para que no sean lo que a mí me ha tocado ser, y es así como han podido regresar a la escuela. Tal vez sus días no tengan que verse tan complicados como los míos.

Me quedé con la boca abierta y el corazón hecho una migaja. Después de un segundo de analizar sus palabras, le devolví la bolsa. Él asintió y me dio las gracias. Jamás volví a verlo. Lo curioso es que aquél hombre cuyo nombre jamás sabré, me regaló la lección más valiosa de todas: todo es posible, hasta para los que no tenemos posibilidades…

Pese a lo aprendido, me costaba trabajo confiar o tener fe en algo que no se pudiera palpar. Su Dios obviamente no me amparaba como lo había hecho con él. Una ironía llegó a mi mente y me invadió como una ola de agua fría. En aquél entonces quise impedir que un hombre se llevara un saco lleno de tórtolas muertas porque estaba “mal”. No lo consideraba correcto, al menos no antes de saber para qué le servirían. Hoy en día, le otorgaba a un vampiro sanguinario el beneficio de asesinar a gente inocente sin ponerle peros por una infatuación inútil. Solía decir que Dominic era un crucigrama indescifrable, pero últimamente iba cayendo en la cuenta de que, más bien, yo lo era. El sufrimiento nublaba mi visión. Estaba cansada de tanto dolor y ya no tenía una idea clara de lo correcto y lo incorrecto, o simplemente no me interesaba tener una idea clara. Se hacen todo tipo de locuras por amor, pensé. Ahora únicamente me quedaba un cariño para defender: el fraternal. Aquél que sentía por Chrystal y que me había mantenido viva y relativamente cuerda durante cuatro años. Y a pesar de todo, a pesar de la sorda agonía que me recorría las entrañas, seguía martirizándome con el precioso rostro marmóreo de Dominic y su cuerpo que plagaba mi piel, aun a distancia. Suspiré y me resigné a existir el resto de mis días bajo el yugo de mi amor torturado e imposible. Olvidarle algún día sería tan improbable como pedirle a la noche que saliera junto con el sol. Pero mi lacerante orgullo latía debajo de todo y la lucha interna de mis emociones estallaba dentro de mí, convirtiendo mi pasión en veneno. Dominic, me repetía. Mi hermoso, fiero y malvado Dominic. ¡Ojalá jamás hubieras asomado tu exquisita faz en mi pútrida existencia!   

Guardé en un profundo cajón mis sentimientos hacia el inmortal y me concentré en lo que había venido a hacer a Orlando. No estaba muy segura de lo que haría cuando viera a Chrystal. No sabía si debía confrontarla directamente con sus mentiras y rechazar su oferta de ascender a la magia o sopesar mis opciones y de todos modos confrontarla (porque no se salvaría de una buena dosis de Felinnah). Mi destino era incierto. L’essence no parecía ser el camino adecuado para alguien como yo. Dudaba mucho poder renunciar a mis debilidades como Chrys lo había pedido en su carta.

“Tienes la valía para soportar L’essence, sólo necesitas la guía. Aunque debo advertirte que deberás deshacerte de todo impulso nocivo. Eso solamente tornaría las cosas en tu contra”.

¿Deshacerme de todo impulso nocivo? ¡Toda yo era un impulso nocivo! ¿Cómo carajos podría enseñarme a contener la ira si alguien quería dañarme? O peor, dañarla a ella. Según dijo Dominic, las brujas eran una especie de extensión de la naturaleza. Cuidaban a los humanos y les protegían de los inmortales desalmados. Yo era la menos indicada para esa labor puesto que amaba a uno de esos inmortales desalmados. Se había robado mi alma y, aunque le tenía resentimiento por su abandono y desaire, no me atrevía a pensar en enfrentarme a él. No podía ser tan malo si había logrado quererme, aunque hubiese sido por un instante.

Si es que alguna vez te quiso en verdad, estúpida. Nadie que te ame se atrevería a abandonarte. Y recuerda bien esto: todos, absolutamente todos te han abandonado. Incluso Chrystal…

Susurró mi subconsciente con vileza. Agaché el rostro y detuve las lágrimas que quisieron acumularse en mis pupilas. De nuevo, esa sensación de no haber sido creada para este mundo, me conmocionó. No merecía el aliento que mis pulmones les robaban a otras personas con más ánimo y corazón.

Conmiseración… ¡maldita perra ejecutora!

Caminé y caminé por la gigantesca ciudad sin llegar a ninguna parte. La desilusión me abatía, haciéndome perder el control (todavía más). La tarde comenzaba a desvanecerse entre centelleos rojos, anaranjados, violetas y azules. El cielo se notaba un tanto distinto al de Miami, a pesar de tratarse del mismo que nos cobijaba a todos. Entré a una de las zonas residenciales y me senté en una banca de una calleja repleta de árboles y diversa vegetación. Podía ver la hilera sin fin de casas que se extendía ante mi absorto rostro. Era un sitio muy hermoso. Cerré los ojos para relajarme un momento, concentrándome en los sonidos del derredor. Algunos pajarillos trinando para darle la bienvenida a la pronta noche, albergándose en el vasto follaje de los árboles; mujeres bastante mayores que caminaban para ejercitarse y charlaban sobre diversos acontecimientos cotidianos; niños jugando plácidamente en el parque hecho completamente de madera que se hallaba a mi costado, y madres gritando para prevenir que se cayeran o se lastimaran. Sus vocecillas cálidas y despreocupadas me confortaban, así que decidí pararme y acercarme a contemplarles. Una pequeñita de unos siete años me miró y me regaló una enorme sonrisa. No pude responderle el gesto, y eso no pareció ofenderle o importarle. La pequeña me recordaba a mí, hacia muchos ayeres. Tenía el mismo cabello rubio y ensortijado, las mejillas sonrosadas y los ojos sumamente verdes. Todavía poseía la pureza propia de una criatura feliz. Creía que alguna vez yo también la había tenido. Creía.

Miré hacia el cielo y, por primera vez en muchísimos años, rogué a alguien que me diera una respuesta. Supliqué por guía, ya que mis ánimos no daban para mucho más, aun sabiendo que probablemente le hablaba al aire. Un nudo ató mi garganta y una solitaria lágrima rodó por mi mejilla. Me la limpié de inmediato, reprimiendo cruelmente todo rastro de piedad hacia mí misma.

Eres una maldita cobarde. ─Reclamaron mis adentros─. Si de todas maneras vas a morir, déjate de estupideces y sigue buscando hasta que no puedas caminar. Nadie escuchará tus plegarias. Estás completamente sola. 

Unos instantes después de mi extremo monólogo interno, la chiquilla rubia se aproximó, y con total confianza, me tomó de la mano, dejándome sorprendida.

 

─Thornton Park ─murmuró. Al no comprender lo que quería decirme, solté su pequeña palma y la miré con extrañeza.

─¿Qué has dicho, pequeña? ─Cuestioné.

─El sitio que buscas es Thornton Park. Ella se encuentra ahí ─sus labios enrojecidos se fruncieron en un gesto que me pareció bastante adulto.

Mi respiración se detuvo unos instantes. Sus pupilas verdes esmeraldas se posaban en las mías con firmeza. No parecía ser ella quien me hablaba directamente. Alguien o algo decía las palabras por ella. Sonaban a un eco combinado de voces en la lejanía. La tomé de los hombros y me agaché para estar a su altura.

─¿Cómo sabes lo que busco? ─Inquirí.

─¡Miley! ─Llamó su madre. La mujer se notaba molesta porque la niña hablaba conmigo sin ningún tipo de precaución─. ¿Qué le pasa? ­─Me espetó─. ¿Está quedando loca?

Y sin dejarme responder, se la llevó presurosamente. No obtuve respuesta a mi último cuestionamiento, pero algo muy profundo en mi mente me decía que en realidad debía ir a Thornton Park. ¿Qué había ocurrido con aquella pequeña? Sólo el destino ingrato lo sabía. Para este momento pocas cosas podían realmente impresionarme.

Salí hacia la calle y tomé el primer taxi que pasó. Mientras recorría el sendero, aprecié la magnificencia del sitio. Las palmeras se elevaban gigantescas y frondosas por toda la avenida principal. Además, había arbustos con bayas y flores adornando grácilmente los jardines de las pintorescas viviendas de madera y hierro, y el enorme lago Lawsona se podía divisar al final de la larguísima calle, con su famosa fuente en medio cuyo brillo me hipnotizó. La noche nos había alcanzado y la ciudad se encendió, estrellando sus centellas contra el vidrio de la ventana del taxi. Me dejé llevar por una voz que susurraba en mi cabeza la dirección. Esto era de lo más raro e incluso perturbador. Sin embargo, lo intentaría todo con tal de volver a ver a Chrystal.

Fui guiada hacia una calle en especial. E South Street.

“Detente” ─comandó la voz. Ordené al conductor que se parara frente a una casita de madera pintada de verde y blanco. Los susurros cesaron inmediatamente y comprendí que había llegado.

La residencia se veía un tanto lúgubre, a pesar de estar rodeada de vegetación. No era particularmente enorme, aunque se notaba que quien viviera ahí, poseía una buena fortuna. Era de una planta, pero se extendía a lo largo y ancho. Tenía una cochera en el lado izquierdo y no parecía haber ningún auto. El techo caía en dos aguas y dos grandes ventanales se emplazaban a los costados de una puerta relativamente pequeña y blanca. Todo estaba resguardado por una cerca de madera en tono natural de no más de un metro de altura. Solamente unas cuantas luces se encontraban encendidas, contando la del pórtico que provenía de una lamparilla muy tenue, lo cual le daba un aire tenebroso al entorno, más aún con el chirrido del gran columpio labrado que colgaba de dos cadenas bien sujetas al techo y se movía contra el viento. Sin duda un hogar de brujas…

Mis pies se movieron por sí solos y me percaté de que me llevaban hacia la entrada de la cerca. La abrí y seguí el caminito de concreto rodeado de piedras y flores pequeñas que llegaba al soportal. Tragué saliva y levanté la mano para llamar a la puerta, pero antes de que pudiera hacerlo, Chrystal abrió y su sonrisa iluminó todo. Estaba vestida muy recatadamente, con unos jeans de mezclilla y una blusa color verde que le tapaba el pecho. Se veía sumamente bella. Su cabello estaba suelto y los rizos le caían sutilmente sobre su cuello y espalda de porcelana (y eran rizos que no tenía antes, puesto que su pelo siempre había sido tan lacio que era difícil de sujetar sin utilizar algún tipo de gel o spray). Probablemente el viaje y el cansancio me provocaban alucinaciones, porque juraría que se había transformado en una mujer completa. Tenía las caderas más anchas, el busto más erguido y voluminoso, y las piernas, considerablemente frondosas, se pegaban a sus jeans con sensualidad. ¿Cómo era esto posible? Aparentaba ser otra persona totalmente distinta. De no haber sido por la ternura despuntada en sus pupilas azules, hubiese jurado que me había confundido de casa y accidentalmente pisaba territorios de una modelo de revista.  

Echó los brazos alrededor de mi cuello. Sin decir palabra alguna, me miró, secándose las lágrimas que la abatían, y me invitó a sentarme en el columpio que descansaba en la parte derecha del pórtico. De cerca no lucía tan atemorizante. De hecho, era muy bello, con figuras grabadas de flores entrelazadas.  

 

─Imagino que tendrás muchas preguntas ─murmuró mi amiga mordiéndose el labio inferior. Parecía nerviosa, aunque emanaba una paz inusual.

─Imaginas bien ─respondí con un atisbo de enojo.

─Lo lamento. No sabes cuánto siento haber tenido que mentirte, pero L’essence prohíbe hablar sobre magia antes de ser ascendida. Oh, es verdad. Primero debería explicarte sobre la ascensión. Hay tanto qué aclarar y tan poco tiempo para hacerlo…

Negué con la cabeza.

─No necesitas explicarme nada. Dominic me ha dicho lo que necesito saber ─esperé su reacción.

─¡¿Viste a Dominic de nuevo?! ─Gesticuló exageradamente. Exactamente como imaginé. Histeria total─. ¡Te ordené que te alejaras de él! ¡Es un perverso, un vampiro! ¿No comprendes la magnitud de tus actos? ¡Obras con las vísceras, por Dios Santo!

─Creo que no tienes derecho a reclamarme nada, “Renatta” ─le clavé las pupilas con furor. Traidora─. A la única que le debo explicaciones es a Chrystal, y no veo nada de ella en ti. Te desconozco. No tengo idea de quién es esta chica que tengo frente a mí ─desprecié.

─Sigo siendo la misma ─repuso con dulzura, tratando de tomar mi mano. No se lo permití.

─No lo eres. Te niego todo derecho a recriminarme algo. La única razón por la que llegué hasta aquí fue para asegurarme de que estuvieras bien. Ahora que veo que así es, me largo.

Intenté ponerme de pie, pero una fuerza invisible me mantuvo atada a la silla. Pareciera que todo mi peso se hubiera multiplicado un mil por ciento y me impidiera moverme. Forcejeé unos instantes, hasta que me di cuenta de que ella era quien me jugaba una treta. Quería que me quedara. Era dueña de sus poderes, una bruja completa, hija de la tierra.

─Es inútil pelear. Aunque te encolerices más, no irás a ninguna parte ─sonrió.

─¡Suéltame! ¡Exijo que dejes de hacer lo que sea que estés haciendo! ¡No tienes derecho!

─Tal vez no tenga derecho, en eso tienes razón. Sin embargo, es mi deber protegerte, no el tuyo. Nunca más ─irguió el cuello.

─No tomes atribuciones que no te corresponden ─argüí.

─Me tomo las atribuciones que me dan el amor y el respeto que te profeso. Mi nombre es Renatta, cierto, pero siempre seré tu Chrystal ─sus pupilas se curvaron con tristeza.

─¿A esto llamas respeto? ─Abrí mucho los ojos señalando las “esposas virtuales” que su hechicería había colocado en todo mi cuerpo, exigiéndole que me soltara.

─Ups, perdón. Todavía no me controlo muy bien ─abrió la palma y me vi liberada. No me lastimó ni nada por el estilo. Solamente resultaba molesto, sumamente molesto, más por el hecho de saber que tenía razón. ¿Cómo la cuidaría si ella era la fuerte aquí? Ya no me necesitaba y eso encogió mi corazón. Felinnah: la única humana inútil en este cuento de dementes. Me negaba a ser una carga para cualquiera. Mi carácter distaba mucho a parecerse al de una damisela en peligro que todo el tiempo precisara ser salvada por el príncipe encantador. Yo era el dragón que con su fuego consumía los escudos de sus contrincantes. Era la princesa que ataba las sábanas y las sacaba por la ventana de la torre más alta para descender hacia la libertad. Era la humana que enfrentaba sus temores, pese a que estos fueran demasiado espeluznantes.

─Gracias ─mascullé sujetándome las muñecas, más por costumbre que por otra cosa.

─Gracias a ti por haber venido. Te extrañé tanto. Me hacías mucha falta ─la chica acarició mi mejilla y me desarmó con su cariño. Me rendí. A pesar de que estaba tratando con una completa extraña, vislumbraba en su alma el atisbo de mi Chrystal, esa sonrisa me decía que ella era mi amiga y que la seguiría queriendo sin importar en lo que se hubiese convertido.

─De acuerdo, te escucharé. Más vale que esta vez me digas toda la verdad. Después de que hables, te contaré mi versión de las cosas; no obstante, tienes que confiar en mí. ¿Te parece? Creo que es el trato más justo ─intenté conciliar.

─Perfecto. ¿Por dónde deseas que empiece? ─Aceptó.

─Por el principio ─socarré.

─Nací aquí en Orlando y fui criada por mis padres. Nosotros constituimos el clan Graciano, el segundo más importante de Florida. Primero están los D’avanzzo. Solíamos ser cinco, pero el hermano de mi madre con el que no tuve trato real, decidió irse antes de ser ascendido para vivir una vida normal. Jamás volvimos a verle, por lo que únicamente quedamos cuatro. Mi padre Dante, mi madre Roberta, mi hermano Sebastian y yo, Renatta. Crecí sabiendo que sería una bruja de L’essence. Imagino que si hablaste con el imbécil de Dominic, te habrá dicho qué es L’essence…

─Me dijo todo lo que sabe ─escuchar su nombre me producía un nudo en la garganta.

─Probablemente puras falacias ─lanzó con un bufido de impaciencia. Chrystal solía ser sumamente dulce. Ahora comprendía lo que el vampiro trataba de decirme en cuanto a la rivalidad entre los brujos y los inmortales. Cuando se trataba de ellos, no existía tregua.

─Después hablaremos de eso. Continua ─la animé.

─Mi hermano y yo éramos muy unidos. Nos amábamos y cuidábamos como a nadie más. Sebastian era atractivo, fuerte y valiente. Tenía un gran futuro por delante ─sus pupilas se llenaron de pesar al recordarle─. Ya te iré diciendo todo a detalle, pero por el momento seré breve para cubrir los huecos que constituyen tus dudas.

Asentí.

─Cuando cumplí trece años y mi hermano dieciocho, decidimos salir a celebrar su ascensión a un cinema que nos encantaba. Nuestros padres estarían ocupados trabajando hasta tarde, así que teníamos la noche para nosotros. Confiábamos en que el trato con los vampiros nos mantendría a salvo. No teníamos idea de que un perverso nos seguiría hasta las últimas consecuencias. De hecho, ya nos había estado siguiendo los pasos desde hacía mucho tiempo. Damien Wallace, el líder del aquelarre Wallace, quería los poderes de mi hermano para sí… y los obtuvo de la peor forma, arrebatándoselos brutalmente. Sin embargo, esos poderes no duran mucho en un vampiro. Son casi efímeros. La fuente directa que nos alimenta reside en nuestros ancestros. Ellos son los que nos mantienen conectados con el Poder Divino, que es la misma magia universal. Los vampiros no pueden tener acceso a esa fuente, por lo que nuestras habilidades se esfuman entre sus manos con rapidez. Cuando en un clan solamente queda un descendiente, cosa que ocurre muy poco, se vuelve más poderoso que otros brujos, puesto que todos sus ancestros le proporcionan vitalidad. Madison Alexander, la bruja más importante de mi mundo, es la última hechicera del clan Alexander y además, es la guardiana del balance de la magia. Algo así como la representante del Creador en la tierra. Es la asesora del mundo de las brujas y su situación es distinta. Ya que ella tiene un enlace directo con el Poder, si la atrapan, la fuerza queda a merced de quien la tome. Precisábamos su permiso para poder ascenderte, porque nadie que no haya sido criado en L’essence tiene muchas posibilidades de sobrevivir a su merced.

─Eso es alentador ─suspiré con desesperación.

 ─Mis padres ya le han explicado nuestra situación. Maddie accedió, después de mucho intentar, a que formes parte del clan Graciano. Solamente necesito entrenarte.

─Lo veremos luego ─dije titubeando notablemente. Cada vez que la idea de la ascensión me era planteada, mi garganta comenzaba a arder. Mi cuerpo enviaba señales a mi mente porque, aparentemente, no la noción de la conversión a L’essence le era poco placentera. Pero ¿qué otra opción tenía si deseaba ayudar a Chrystal? Ninguna. Tenía que ser realista, ser la mortal en la historia no solamente me restaba importancia… me dejaba completamente impotente. No estaba dispuesta a ser una carga. Ahora ¿estaría dispuesta a enfrentarme a Dominic? ¡Mierda! Oh, mierda. Eso ni siquiera me parecía lógico.

─¿Qué sucedió la noche en que mataron a tu hermano? ─Pregunté abiertamente.

─Damien nos tomó por sorpresa y no pudimos hacer nada. Salimos del cine y nos fuimos a un restaurante. Cuando íbamos a regresar a casa, el vampiro nos atacó. Sebastian intentó defenderme, aunque no había practicado sus poderes y no supo controlarlos. Se le fueron de las manos y se volcaron en su contra. Fue terrible. Veía destellos de luces brillando a mi alrededor y no pude auxiliarle. Damien nos cruzó junto con otro vampiro al que no reconocí ni reconozco. Se guardó muy bien. Golpeó a Sebastian de la nada, torciéndole el cuello y bebiendo de su sangre antes de que su corazón se paralizara. El inmortal consumió su fortaleza, haciéndola parte de la suya, pensando que le duraría por una eternidad. No fue así y al darse cuenta, su furia aumentó. Ya que disminuía cada vez que la usaba, su fuerza subsistió cuando mucho un año. Creíamos que los inmortales podían poseer la potencia de L’essence hasta agotarla. Madison nos sacó de este error cuando ella misma se dio cuenta al extinguir a dos aquelarres enteros.

─Esa bruja parece ser algo sumamente importante ─volteé los ojos un tanto celosa.

─Lo es. Es nuestra protectora en todos los aspectos y solamente tiene mi edad, pero ha vivido cosas terribles. Persecuciones, desengaños horrendos y mucho más.

─Tantos como lo que hemos vivido, lo dudo ─resoplé.

─Ella también perdió a sus padres a muy temprana edad ─explicó mi amiga.

─Prefiero creer que nunca los tuve.

─Está bien, no se trata de una competencia ─la chica puso los ojos en blanco.

─Ciertamente no una que ella pueda ganar ─bufé con una clara altanería.

─¡Felinnah! ¿Me escucharás o no?

─He dicho que sí ─hice un mohín.

─Las cosas no son sencillas ahora. Existía un supuesto pacto entre los vampiros de Florida y los clanes de brujos, como te he dicho y como seguramente Dominic reveló. Ninguno debía agredir al otro, bajo ninguna circunstancia. Damien rompió ese pacto al asesinar a mi hermano, intentar matarme y engañar a los demás aquelarres, haciéndoles creer que había sido su hermana Tabatha la que "nos acabó", porque los vampiros Floridanos creen que yo también perecí. Una vez que esto ocurrió, y no cuestiones los medios por los que me enteré, la situación para los Graciano se volvió más adversa. Ya no hay escapatoria porque Damien vendrá por mí ya que tiene la certeza de que he ascendido. No sería tan estúpida como para no hacerlo y nunca enfrentarle. Él es consciente de esto. Cuenta con dos nuevos miembros en su aquelarre, dos inmortales despiadadas que mi misma familia le proporcionó, y no se detendrá hasta extinguirnos. Sony Ricci, el vampiro líder de los Ricci, no se anda con juegos respecto a estas cosas. Saber que fue burlado por uno de los suyos se castigará con la pena máxima. La única razón por la cual Damien debe necesitar los poderes de un brujo, es para derrocar a Sony por ser el más importante líder vampiro de Florida. Después, tal vez, planee ir por Devorah y por Madison. Seguramente los Lestrath también están involucrados.

─¿Cómo puedes saber lo que pretenden los Lestrath? ─Recriminé.

─Apuesto a que les conozco mucho más de lo que tú les conoces. ¿Cuánto más sabrías de su mundo si has estado en él por meses o semanas? ¿Acaso eras consciente de que Dominic tiene tres hermanos inmortales y que una de ellos es su pareja ocasional?

Mi quijada cayó descoyuntada y el ardor en mi pecho se intensificó. La desesperación acumulada hizo mella en mi cerebro, sacudiéndolo.

─Es el creador de una vampira ─prosiguió─. Él convirtió a Morgana para que le acompañara en la eternidad, aunque no resultó ser quien esperaba y la utiliza cuando lo desea. Es un maldito infeliz que se dedica a someter a quienes le rodean. Sólo Dios sabe cuánto tiempo has tratado con él, aunque te juro que te ha engañado con cuanto cuerpo se cruzaba en su camino.

─¡No es verdad! Él me ama… o me amaba… ─al recordar lo duro que había sido separarme de él, los ojos se me llenaron de lágrimas. Las palabras de Chrystal me dolían y me negaba a creerlas. De hacerlo, la devastación seria total, completa. Ningún dejo de duda cabría en mi falso desinterés.

─¡Alguien como él no puede amar a nadie! ¡Es un asesino! El más brutal de Miami. Lee los periódicos… Más de cuatrocientas muertes en un año por “ataques de animales”.

─No solamente él caza en Miami ─disculpé estúpidamente sin tener idea de lo que decía.

─Solamente el aquelarre Lestrath tiene permitido cazar en Miami. ¿Cuantos nómadas crees que pasarían por allá para acabar con más de cuatrocientas personas? ¡Es estúpido! Dominic y su aquelarre son tan mortíferos como la muerte misma… lo habrás sabido. Habrás notado ese destello psicópata en su mirada.

─Ellos son cuatro, es más que suficiente para completar el número, además de los nómadas. Tú lo has dicho ─respondí enardecida.

─Ah, las estadísticas no mienten, Felinnah. El estilo sádico y diabólico de Dominic es especialmente pavoroso. Asesina a mujeres jóvenes, su presa predilecta, después de haberlas violado y torturado hasta el punto de la locura ─me miró sabiendo perfectamente cómo me sentiría después de lo que me había dicho. ¿Violación? Eso era tan inconcebible como la misma idea de estar sin él.

─Sí, Fels, las vejaba antes de dejar tirados sus cuerpos vacíos en la nada. Fue el culpable del incendio en la universidad hace un tiempo. Le he estudiado. Su patrón de aniquilación no cambia. Es un monstruo imparable, peor que cualquier vampiro al que haya conocido.   

Mis pupilas se dilataron y la sangre se me escapó de las manos. Jamás había querido confrontarme con la realidad de la vida pasada de Dom. Saber que ultrajaba a sus víctimas antes de exterminarlas, era simplemente más de lo que podía digerir. Yo misma había sufrido eso y no podía tolerar imaginarle haciendo a esas chicas lo que Ayrton hacía conmigo. ¡Esto era tremendo! Demasiado horrible... No. No. No. Dominic, no. Me llevé las manos a la cabeza e intenté desechar las visiones que tenía del infierno de aquellas jovencitas. No… ¡No! ¡No!

─Sé lo que estás sintiendo ─Chrystal me envolvió entre sus brazos─. Jamás te mentiría en algo que te afectara tanto como eso. Tal vez te haya hecho creer que te amaba, pero probablemente era una treta muy elaborada para perseguirme. No puede amarte. No puede amar a nadie, mucho menos a una humana a la que considere de su propiedad. Seguramente sufriste desdenes de su parte por ser mortal, con toda certeza.

Las memorias de sus palabras quebraron más mi corazón desolado:

"Ningún vampiro respetable saldría con una humana". 

─Lo siento, Fels ─Chrys me estrechó lo más que pudo entre sus brazos hasta que sentí que el aliento se me escapaba. Comencé a hiperventilar. Las lágrimas recorrían mi rostro con avidez. Dolía enormemente reconocer que probablemente tenía razón. No me lo decía solamente para que me alejara de él, lo hacía porque debía alejarme de él. ¿Qué demonios esperaba de un vampiro? ¿Que se arrepintiera de lo que había hecho toda la vida y que cambiara sus modos cuando yo misma le había dicho que no lo hiciera? ¡Estúpida! Obviamente eso jamás sucedería. Probablemente el ritual de sangre ni siquiera tenía validez para él. Por eso se marchó, porque simplemente no le importaba. La desconfianza estaba clavada en mi cerebro y era lo único que necesitaba para tomar el lugar del amor, y eventualmente todo aquello se transformaría en odio. Me usó porque se lo permití y nunca más volvería a hacerlo. Nunca más volvería a hacerlo. ¡Hijo de puta, manipulador! Si antes deseaba morir por la pesadez de mi corazón destrozado, ahora viviría para evitar que seres como él destruyeran a más chicas como yo. No estaba hecha para ser bruja, no lo sentía en las venas, pero lo sería de todas maneras para hacerle ver a criaturas con él que la suerte no estaría siempre de su lado. ¿Violar? ¿Violar? ¡No! La naturaleza de L’essence me ayudaría de alguna manera a salir adelante. Tenía que hacerlo, porque un crimen de tal grado estaba obligado a pagarse, aun acosta de mi propio sufrimiento.
 
 
 
 
 
 
“El Ángel de Fuego”.
Trilogía Espectral Vol. 2 Romance Paranormal.
Primera Edición, 30/julio/2014
Derechos Reservados ®
Mariela Villegas Rivero.
Prohibida su copia, venta y reproducción parcial o total sin el permiso explícito de la autora.
 
 
 
PRIMER LIBRO DE LA TRILOGÍA:
"El Ángel de las Sombras"
 
 
Prefacio:
Mi nombre es Dominic Lestrath. Hace casi ochenta y siete años que me convirtieron en hijo de la obscuridad. Soy un vampiro. Desde que fui transformado, la eternidad ha sido una inapetente rutina a la que me he acostumbrado. Alimentarme de extraños por las noches, refugiarme de la luz del sol por las mañanas para no mostrar mi verdadera naturaleza a los mortales, y proteger a mi aquelarre de cualquier posible ataque. Nunca he amado. Mi espíritu es tan frío como mi corazón y mi cuerpo. Siendo humano, fui despreciado y maltratado hasta el punto de la agonía a manos de mi propia familia. Como inmortal, lo único que realmente amo, es el poder prescindir de sentimientos terrenales y dejarme llevar por mis instintos. No tengo ningún tipo de remordimiento por las víctimas que mis manos han tocado. Carezco de cualidades que me rediman. Soy la muerte en persona y me gusta serlo. Sin embargo, el día menos pensado, las cosas cambiarían para estrellarme en el rostro la humanidad perdida. La sed de sangre se tornaría en mi contra y la pasión se convertiría en mi alimento. Sería el día en que, por fin, mi corazón en penumbra conociera la luz.
 
 
Les invito a que me dejen sus comentarios sobre la Trilogía Espectral aquí y en su página de Facebook: TRILOGÍA ESPECTRAL EN FACEBOOK donde ahora se está llevando a cabo un SORTEO por los dos primeros libros: Todavía hay oportunidad de entrar. Se llevará a cabo hasta el Viernes 8 de Agosto. Mil besos, mis almas inmortales.
Mariela Villegas R.