lunes, 26 de septiembre de 2011

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"CUARTO MENGUANTE" SEGUNDA ENTREGA DE LAS LUNAS VAMPÍRICAS, IMPRESO
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Prefacio:
Mi nombre es Drake Black. Tengo diecisiete años. Nadie dijo que mi vida sería fácil. Como todo adolecente tengo mis altas y mis bajas. Soy, prácticamente, un ser humano común y corriente. Mi familia me ama. Todos me cuidan y me protegen. Solo hay un detalle de diferencia entre mi vida y la de los demás; un detalle que no es menor y que ha influido en mí y en mis decisiones todos estos años. Mi madre es mitad un híbrido entre vampiro y humano, y mi padre es un licántropo. No, no esperen que ésta sea una historia ordinaria. Pero es una historia de amor y pasión descomedida… eso se los puedo asegurar.


Capítulo 1: “Presentándome”

Era una noche como cualquier otra. Todo estaba obscuro y hacía un poco de frío aquí en la bella y grande ciudad de Seattle. Me encontraba en mi habitación, leyendo un libro para esperar a que el dulce sueño por fin me envolviera en sus brazos. No había dormido bien estos días. Había estado teniendo exámenes en la prepa y escribiendo ensayos para entrar a la universidad. No le veía ningún caso a todo esto. Sentía que me estaba desgastando en vano. Me gusta el estudio, no me malinterpreten, pero, para el siguiente, verano ya sería otra persona. Una muy diferente a la que era ahora. Una más fuerte, más interesante e inmortal. Sería un vampiro, como la mayoría lo es en mi familia. La decisión ya estaba tomada, casi desde mi nacimiento. Yo fui quien decidió. Nunca hubo presión por parte de alguien más. Todo lo contrario. Mamá estaba encantada con la idea. Papá, bueno, digamos que él hubiese preferido que yo siguiera siendo un chico normal. Ellos, toda mi vida trataron de hacerme sentir como cualquier otra persona. Pero, dadas las circunstancias, realmente esa no era una opción.
 Crecí con vampiros y licántropos a mí alrededor. Mi existencia había sido casi fantástica. Como un cuento de hadas. Mamá, Nessie, como todos la llaman, siempre fue más mi amiga que mi madre. Nunca trabajó. Se dedicó a mí y a mi padre pero su inteligencia sobrepasaba por mucho los límites de cualquiera. Incluso los de mi abuelo Edward, que es toda una eminencia. Mi madre es mitad vampira y mitad humana y es la mujer más hermosa y de buen corazón que he conocido en la vida, además de mi abuela, Isabella. Mi padre, por otro lado, es un licántropo. Un hombre de fachada ruda y bien parecido, pero no tiene nada de rudeza en el corazón. Es el hombre más bueno, generoso y cariñoso con su familia que jamás haya conocido. Nunca me han faltado sus consejos. Daría su vida por mi madre y por mí. Todos dicen que me parezco mucho a él, aunque soy más alto y tengo los ojos color verde. Mamá dice que heredé los ojos de Edward, cuando éste era humano.
Jacob, mi padre, es dueño de tres talleres automovilísticos. Uno en Forks, otro en Port Ángeles y otro en Seattle. Tiene el mejor equipo y le abastece a casi todos en el estado. Trabajó mucho para conseguir sus cosas y para darnos todo lo que esté es sus posibilidades. Jamás me faltó nada. Por el contrario, me sobró de todo. Mis abuelos, Edward y Bella, detenidos en físico a la edad de 17 y 18, sucesivamente, siempre me dieron regalos de lo más caro. Una vez, para mi cumpleaños número seis, me regalaron un auto eléctrico, copia exacta de un Porche Carrera Gt, de casi cien mil dólares. Papá no quería que aceptara el presente, pero Edward lo convenció.
Era, francamente, muy extraño para mí ver a mis abuelos como tal, o a mis padres. Todos nos veíamos de la misma edad. Si acaso, un poco más grandes ellos. Pero cuando creces en éste ambiente, te acostumbras a todo. Incluso a la extrañeza de escuchar cuando la gente habla de tu madre como si fuera tu novia… o al hecho de que tu padre parezca más tu hermano menor, por aquello de la estatura. Esos han sido los sentimientos más extraños que alguna vez haya tenido. Sin embargo, después de todos estos años, lo hacían muy fácil para mí y para Giorgiana. Ella es como mi hermana. Es la hija adoptiva de mis tíos Rosalie y Emmet. Es solo meses más grande que yo. La quiero muchísimo aunque, para ser honestos, no es una persona muy agradable. Es bastante creída, soberbia y altanera. Muy parecida a Rosalie. Pero aún más mimada. A ella le dieron mucho más que a mí. No lo reclamo, ni lo envidio, todo lo contrario. Odiaría ser aunque sea un poco parecido a ella. Todo lo que he tenido ha sido lo mejor, sobre todo el amor de mis padres.
Como tía rose no podía tener hijos, por su naturaleza vampírica, decidió adoptarla poco después de que yo fui concebido. Decía que necesitaba llenar ese vacío que sentía. Emmet estaba en total acuerdo. Siempre le cumplía cada pequeño capricho. Los demás, aunque al principio tuvieron sus dudas, al fin y al cabo, apoyaron su decisión, y cuando el momento oportuno llegara, a Giorgiana, le plantearían lo mismo que me plantearon a mí. Convertirse al vampirismo, o seguir llevando una existencia normal como ser humano. Bueno, no recuerdo a quién se lo dijeron primero… supongo que a mí. No tiene importancia.  Ella, en su infinita vanidad, jamás rechazaría la idea de convertirse, solo con saber que eso la haría más hermosa de lo que ya era, y con eso era más que suficiente. Rubia, ojos azules y de complexión muy delgada. Un rostro que dejaría paralizado a cualquiera. Sumamente parecida a rose, aunque no era su hija biológica. Se volvería, sin duda alguna, la vampira más hermosa del mundo. Y la más arrogante…
Al cumplir los 4 años de edad, había llegado el momento de entrar a la escuela. Nadie podía ver a mis padres, a mis abuelos, o a alguien de mi familia. La pasábamos escondidos en el bosque la mayoría del tiempo, cosa que yo amaba. Así que mis padres le pidieron de favor a mi tía Rachel y su esposo, Paul, de que me llevaran a la escuela, para no levantar sospechas. Papá todavía no comenzaba a envejecer. Ni mamá. No sabíamos cuando pasaría, pero si sabíamos que algún día sucedería. Mientras tanto, mis tíos, se harían cargo de todo lo que se refiriera a mi educación pero, además, estudiaba con mamá en casa, que era increíblemente buena maestra. Así que siempre fui el mejor de la clase. Toda mi vida.
Una vez cumplidos los quince, mis padres ya no quisieron darle más cargas a Rachel y a Paul, que tenían tres hijos de los cuales preocuparse, y decidieron, después de muchos debates, discusiones y lágrimas, que lo mejor sería que yo me fuera a vivir con Rosalie y con Emmet a Seattle, donde Giorgiana estudiaría. Ellos se harían pasar por nuestros hermanos mayores. De esa manera, podríamos pasar desapercibidos. O casi desapercibidos, porque ambos, tanto Rose como Emmet, atraían la atención de cualquiera.
Me despedí, solo por un tiempo de mis padres, porque los visitaría en Forks cada vez que pudiera. No los podía dejar y simplemente no podía dejar este lugar que tanto amaba y a mi familia que tanto quería para siempre. Solo sería un tiempo. Le echaría todas las ganas a mis estudios para poder regresar lo más pronto que pudiera.
Bueno, en cuanto a amigos, tenía solo uno. Joseph Darcy. Un estudiante que parecía ser de Luisiana que llegó a Forks por asares del destino. Él era el único en el que confiaba. Sin embargo, en todos los años que llevábamos de amistad, nunca le había podido decir la verdad completa. Sí le presenté a mi familia pero puse a Carlisle y a Esme como mis padres, y a mis padres, como mis hermanos adoptivos, al igual que a todos los demás. Siempre le pedí absoluta discreción para hablar de mi familia y él jamás dijo nada sobre ellos. Solo que eran las personas más amables que había conocido. Toda la situación era muy complicada, y como no me quería enredar con tantas mentiras, prefería llevarlo a casa lo menos posible. De todos modos ya no lo veía tanto, porque él estudiaría en Washington la universidad y solo estaría en Forks para vacaciones de verano. En cambio, yo me la pasaba en su casa todo el tiempo. Joseph tenía una hermana a la que nunca veía pero sabía que la amaba con toda el alma. Vivía en Inglaterra y siempre hablaban por teléfono. Los separaron desde muy pequeños, mas nunca dejaron de adorarse. Extrañaba a Joe. Era la única persona con la que realmente había atado un lazo muy estrecho de amistad y cariño de hermanos. Bueno, con él y con mis primos, los Quileutes.
Aquí en Seattle todo era diferente. La gente era muy poco amable. Me trataban bien porque sabían que tenía mucho dinero. No yo, Rose y Emmet. Odiaba la hipocresía y los dobles estándares, así que simplemente me limitaba a cruzar palabras con quien estrictamente tuviera que, y con Giorgiana, por supuesto. No obstante, platicar con ella podía llegar a ser en extremo aburrido. Lo soportaba. No me moriría, al menos. La atención de todos la llenaba por completo. Era, por mucho, la chica más popular de la escuela. La invitaban a todas las reuniones y fiestas habidas y por haber. A veces iba, pero como siempre insistía en que yo la acompañara y yo, lo aborrecía, le decía que no, y se quedaba en casa conmigo. Leíamos, hacíamos la tarea, practicábamos canciones en la guitarra, jugábamos juegos de mesa con Rose y Emmet, quien era el mejor papá del mundo, después del mío, por supuesto. Siempre estaba dispuesto a hacer lo que nosotros quisiéramos, y nos daba mucha libertad. Rose, por otro lado, era en extremo protectora de ambos; obvio, más de Georgia. A veces la seguía cuando salía, solo para asegurarse de que estuviera bien. Ella lo odiaba. Discutía con su madre todo el tiempo por ese tipo de detalles. Aún así, los amaba, como si fueran sus verdaderos papás, aunque sufría en silencio porque no lo eran. Bueno, nos dedicábamos a hacer un mundo de cosas. Algunas veces, hasta íbamos al cine. Nuestra actividad favorita era la música. Así que nos colábamos a lugares que eran para gente mayor de edad, solo para escuchar todo tipo de música. Especialmente rock… todo lo que tuviera que ver con artistas antiguos del heavy metal, grunge y todo lo que se refiera a la historia del rock en sí y sus ideales era genial para mí. Giorgiana prefería el pop.
En lo que se refiere a novias, alguna vez tuve una. En Forks. Se llamaba Andrea Sutherland. Tenía 10 años cuando me “enamoré” de ella. Terminó rompiéndome el corazón. Me dejó por un chico más grande que yo. Dijo que era muy inmaduro y tonto para ella. Recalco, a los diez años…
Desde eso me propuse ser siempre el mejor en todo. Aunque ya no creía en la idea del amor. Al menos no para mí. Lo vivía con mi familia pero no sabía lo que se sentía estar enamorado y no era una idea que llamara mi atención. Era sinónimo de sufrimiento y estupidez. Así que me deshice de toda noción de buscar alguna chica con quien estar y me concentré en mis estudios, mi música, mis libros y el deporte. Era el capitán del equipo de futbol americano de la escuela.
La herencia genética que recibí de mi familia es bastante interesante. Soy un ser humano, casi normal. No obstante, hay ciertas cosas en mí que funcionan un poco mejor que para otros. Por mi padre, heredé fuerza física. No exactamente como la de él. En mucho menor grado pero sí más que un humano, lo cual me daba cierta ventaja para los deportes. Además, había algo en mi sangre que le resultaba desagradable a los vampiros. No apetecible, pero mi esencia la heredé de mi abuelo Edward. Como dice Bella, olor a sol y la fragancia de un millón de flores… (Palabras de ella, nunca mías) Tía Alice siempre pudo ver en mi futuro, pero solo el futuro instantáneo, el que pasaría casi de inmediato. También tenía mucha facilidad para saber lo que las personas estaban pensando, aunque no leía mentes… era más cuestión de intuición magnifica. Todos decían que eso me convertiría en un inmortal muy poderoso. La verdad, nada de eso me importaba. Lo único que deseaba era poder estar para siempre con mi familia.
Mi transformación estaba programada para cuando cumpliera la mayoría de edad. Los 18 años. Nací la misma fecha que mi abuela. Un trece de septiembre. Estábamos a junio, ya cerca de la graduación, así que faltaba ya poco tiempo. La de Giorgiana sería junto con la mía. Decidió que fuera así, aunque ella cumplía años en marzo, para que viviéramos todo el proceso juntos y sea más fácil para ambos. Antes de que todo eso sucediera, iría a Forks, a pasar el verano. Moría por ver a mi familia, en especial a mis padres. Nessie hablaba conmigo todos los días y a la misma hora. Papá se le unía. Simplemente ya deseaba verlos, abrazarlos, y compartir con ellos todo lo que había sucedido desde la última vez que los vi.







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